Las ocho de la mañana

Mi diario incompleto

Las ocho de la mañana

Germán A. DeLaRosa Mi diario incompleto

Cada mañana, a las ocho en punto, llegaban los resultados de las analíticas de Sharon.

Yo los esperaba con ansiedad. Los leía despacio y los comparaba con los del día anterior: este subió, este bajó, este se mantuvo. Buscaba algo que me permitiera seguir creyendo que iba a recuperarse. Una mejoría, por pequeña que fuera, podía sostener mi esperanza hasta el próximo resultado.

Al día siguiente, a la misma hora, volvía a hacerlo.

El ritual tenía algo de liturgia: la misma hora, el mismo gesto. Las ocho me daban una tarea en medio de la incertidumbre. Mientras esperaba los resultados y los comparaba, podía mantenerme ocupado. Hoy entiendo que aquella ocupación también me ayudaba a aplazar lo que no quería aceptar.

La espera empezaba antes de tener los resultados. Necesitaba saber qué había cambiado. Después venía la comparación y, con ella, el esfuerzo por encontrar algo a lo que aferrarme. Mi atención quedaba atrapada en esas diferencias. Yo quería que significaran que todavía teníamos tiempo.

Hoy puedo reconocer lo que entonces me costaba tanto aceptar: la iba a perder. Mi negación estaba presente en aquella manera de leer los resultados. Seguía buscando una razón para creer que lo que estaba ocurriendo podía revertirse.

No pensaba en mí como alguien que se negaba a aceptar. Creía que estaba haciendo lo que debía hacer un esposo: estar pendiente, insistir, buscar cómo ayudarla. Me habría costado entender que esa misma dedicación pudiera llevar también mi miedo, y que Sharon tuviera que convivir con él.

Porque mi ansiedad no se quedaba conmigo.

Había una exigencia que yo mismo me imponía: un esposo debía seguir buscando, hacer todo lo posible. Yo lo vivía como lealtad. Mientras hubiera cifras que revisar, sentía que estaba cumpliendo. Me pedía no fallarle, estar a la altura de lo que debía hacer por la mujer que amaba. Detenerme me habría parecido una falta. Esa exigencia me hacía insistir incluso cuando ella me estaba pidiendo otra cosa.

Hoy entiendo que aquel ritual fue un desgaste inútil para mí y un sufrimiento diario para ella. Sharon ya cargaba con su enfermedad. A su lado estaba yo, pendiente de las analíticas, buscando una mejoría que me permitiera seguir esperando. Mi necesidad de que se recuperara ocupaba demasiado espacio.

Me duele escribirlo así. También me dolería suavizarlo hasta que dejara de decir lo que hoy comprendo.

No estoy hablando de la utilidad de los exámenes ni del trabajo de los médicos. Estoy hablando de lo que yo hacía con aquellos resultados. De mi necesidad de compararlos cada mañana como si una lectura más atenta pudiera acercarnos a la recuperación. Ninguna comparación conseguía darme la tranquilidad que buscaba. Siempre quedaba pendiente la siguiente.

Durante una enfermedad, los resultados pueden ofrecer algo concreto en medio de una incertidumbre que cuesta soportar. Se pueden leer, ordenar, poner junto a los anteriores. Yo podía dedicarme a eso. Aceptar que Sharon podía morir me resultaba mucho más difícil.

Mientras miraba los números, seguía buscando cómo salvarla.

Ella me decía: «Ya no más, llévame a casa».

Escuchaba sus palabras, pero me costaba aceptar lo que me estaba pidiendo. Yo todavía esperaba su recuperación. Quería que siguiera luchando porque no sabía cómo iba a vivir sin ella. Hoy reconozco cuánto pesaba mi propia necesidad en esa insistencia.

No puedo recordar aquella frase sin detenerme. Ella me estaba diciendo lo que quería. Yo seguía buscando una respuesta que me permitiera esperar un poco más.

Hoy escucho en «llévame a casa» algo más que una petición de lugar. Pienso en lo que podía significar para ella volver a su casa, estar allí sin que todo girara alrededor de su enfermedad. No sé si ella lo pensaba así. Es lo que yo escucho ahora. Lo que sí me había dicho era que quería volver, y a mí me costaba aceptar esa petición.

Esa distancia entre nosotros forma parte de lo que hoy necesito mirar. La enfermedad era la misma, pero yo estaba tan asustado que me costaba comprender su cansancio. Mi miedo a perderla volvía a llevarme hacia el próximo resultado, hacia la posibilidad de que algo cambiara.

Quisiera haberla escuchado antes. Haber comprendido que podía seguir cuidándola aunque dejara de esperar su recuperación. Entonces me resultaba muy difícil aceptar eso. Sentía que dejar de insistir era rendirme, que de alguna manera la estaba abandonando.

Ahora puedo hacerme una pregunta que entonces apenas encontraba lugar: ¿qué me estaba pidiendo Sharon, más allá de lo que yo necesitaba que ocurriera?

Esa pregunta no resuelve el pasado. Me ayuda a verlo con menos evasivas.

El hombre que esperaba las analíticas no conocía el final. Yo sí. No puedo borrar esa diferencia cuando lo recuerdo. Sería injusto exigirle toda la comprensión que tengo ahora. Pero tampoco quiero usar lo que entonces no sabía para pasar por alto el sufrimiento que mi ansiedad le causó.

Reconocerlo no vuelve falso el amor con el que la cuidé. Me obliga a mirar también cómo la cuidé. Hay una parte de mi arrepentimiento que está ahí: en haber querido tanto su recuperación que me costó escuchar su deseo de volver a casa.

Yo también necesitaba ayuda entonces, aunque no lo sabía. Necesitaba hablar de mi miedo a perderla, preguntar lo que no comprendía y tener a alguien que me ayudara a escuchar lo que ella quería. Me costaba aceptar sus palabras porque aceptar lo que me pedía también me acercaba a la despedida.

A veces pienso en quienes están hoy junto a una persona enferma, esperando una llamada o un resultado. Reconozco esa urgencia por saber. Entiendo lo difícil que puede ser apartarse un momento de la búsqueda de mejoría para preguntar cómo quiere pasar ese día la persona a la que estamos cuidando.

No tengo una fórmula para hacerlo. Yo no supe hacerlo como hoy quisiera. Lo que puedo compartir es esa dificultad: el miedo puede ocupar tanto de nuestra atención que las palabras de quien tenemos al lado quedan esperando a que podamos recibirlas.

Por eso siento que también hace falta preguntarle al cuidador cómo está viviendo lo que ocurre. Darle lugar para decir que tiene miedo, que no entiende, que no está preparado. Yo necesitaba poder decir que no sabía cómo aceptar la posibilidad de perder a Sharon. Necesitaba ayuda para acompañarla mientras me enfrentaba a eso.

Hoy puedo reconocerlo, pero ese reconocimiento no me devuelve aquellas mañanas.

Las ocho siguen siendo una hora que recuerdo. Pienso en las analíticas, en mi ansiedad por compararlas y en todo lo que esperaba encontrar allí. Quisiera haber podido dejarlas a un lado, volverme hacia Sharon y escucharla sin pedirle que siguiera esperando conmigo.

Germán A. DeLaRosa Mi diario incompleto

Autor de la trilogía CorazónValiente

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