Germán A. DeLaRosa escribe sobre la finitud y la impermanencia

Mi diario incompleto

¿Por qué escribo sobre la finitud y la impermanencia?

Una escritura nacida del amor, la pérdida y la necesidad de acompañar

Germán A. DeLaRosa Mi diario incompleto

No escribo desde la teoría filosófica ni con la pretensión de ser filósofo. Escribo desde un lugar más incómodo: el derrumbe de las certezas con las que había aprendido a vivir.

La finitud y la impermanencia no llegaron como conceptos que pudiera observar desde la distancia. Irrumpieron en mi vida, deshicieron el mundo que reconocía y me obligaron a aprender a respirar entre sus ruinas. Fue allí donde descubrí lo más humano de lo inevitable: el miedo que paraliza, el amor que sostiene, la fragilidad que nos une y esa fuerza desconocida que a veces aparece cuando creemos que ya no podemos continuar.

Escribo porque el silencio ante la muerte puede aislarnos. Porque nadie debería acercarse a ese umbral sin palabras que le permitan comprender lo que está viviendo, expresar lo que teme y decir aquello que todavía necesita ser dicho.

El momento en que todo cambió

Durante décadas, Sharon y yo vivimos protegidos por una ilusión compartida: la muerte era algo que les ocurría a otros. Nuestros rituales de cuidado —el ejercicio, la alimentación consciente, las revisiones médicas— parecían confirmar que teníamos algún control sobre nuestro destino.

Hasta que un día la vida nos sacudió y nos obligó a mirarla de frente.

El diagnóstico de la enfermedad de Sharon no fue solamente un golpe devastador. También significó el colapso de una forma de entender la vida basada en la ilusión de inmunidad. Entonces comprendí, no desde los libros, sino desde la experiencia, que la existencia es profundamente frágil.

La finitud no es una amenaza. Es una certeza.

Lo que siguió fueron meses de aprendizaje sin manual: acompañar a Sharon mientras intentaba sostenernos a ambos, navegar por sistemas médicos que apenas comprendía y participar en silencios que parecían protegernos, pero que terminaron aislándonos.

Cuando Sharon exhaló por última vez, después de 51 años de matrimonio, yo no podía imaginar ningún propósito detrás de aquella devastación. El propósito llegó después, lentamente. No como una explicación ni como una forma de justificar su muerte, sino como una responsabilidad frente a lo vivido.

Por qué las palabras importan

No soy médico, psicólogo ni terapeuta. Soy un hombre que perdió a la mujer con quien había compartido más de medio siglo y que recurrió a lo aprendido durante más de una década de estudio personal sobre neuroplasticidad y evolución humana para intentar reconstruirse.

En ese proceso comprendí que las palabras no son únicamente una forma de comunicación. A veces también son una forma de sostenernos.

Escribir no fue para mí una elección intelectual. Fue un acto de resistencia emocional. Las palabras se convirtieron en un salvavidas, no para escapar del dolor, sino para permanecer dentro de él sin permitir que me arrastrara por completo.

Existe una diferencia profunda entre sufrir en soledad y encontrar a alguien que pueda ser testigo de nuestro sufrimiento. El dolor, cuando encuentra palabras, no desaparece ni se transforma mágicamente. Pero deja de ser solamente encierro. Puede convertirse en memoria compartida, en testimonio y, algunas veces, en compañía para quienes transitan un camino parecido.

El costo del silencio

Como cuidador de Sharon viví dentro de una burbuja construida con silencios protectores, verdades filtradas y negaciones bien intencionadas. Creíamos que callar ciertas cosas nos permitiría conservar la esperanza. No comprendíamos que también nos estaba privando de conversaciones necesarias.

Ignoraba que existían modelos para comunicar noticias difíciles con compasión, profesionales preparados para acompañar a las familias y cuidados paliativos capaces de ofrecer algo más que el control de los síntomas. Sobre todo, ignoraba que hablar de la muerte no significa renunciar a la vida.

La conversación que nunca tuvimos permanece como una ausencia dentro de la ausencia.

Germán A. DeLaRosa

Ese arrepentimiento no se convirtió en un arma. Se convirtió en una responsabilidad: procurar que otras familias conozcan las palabras, los recursos y las posibilidades que nosotros no conocimos a tiempo.

Por eso escribo sobre la conspiración del silencio: ese acuerdo tácito mediante el cual todos intuyen la verdad, pero nadie se atreve a nombrarla. Escribo para recordar que una conversación honesta no adelanta la muerte. Puede, en cambio, abrir espacio para despedirse, agradecer, perdonar, expresar miedo y acompañarse con mayor dignidad.

El proyecto que nació del derrumbe

ProyectoTrípode nació de unas palabras pronunciadas por mi hijo Esteban durante la primera enfermedad de Sharon. Mientras nos abrazaba, nos dijo:

«Vamos a enfrentar esto juntos. Somos como las patas de un trípode, y eso nos hace fuertes».

Esteban DeLaRosa

Aquella imagen quedó con nosotros. Un trípode se sostiene porque ninguna de sus partes pretende cargar sola con todo el peso. Con el tiempo, esa idea se convirtió en el nombre de un proyecto editorial nacido para acompañar, preservar la memoria y abrir conversaciones que suelen postergarse.

De allí surgieron los libros de la serie CorazónValiente. Abrazando la Finitud acompaña a quienes intentan seguir viviendo después de una pérdida. Diálogos en el Silencio se dirige a las familias que todavía tienen tiempo para hablar, decidir y transitar la enfermedad con mayor conciencia. La Pérdida… Mi Gran Maestro recoge las preguntas y aprendizajes que aparecen cuando la ausencia modifica nuestra manera de mirar la vida.

Junto a ellos, la trilogía de evolución personal explora algo que ya formaba parte de mi camino antes de la muerte de Sharon: la capacidad humana de cambiar, reconstruirse y encontrar nuevas maneras de habitar la existencia.

Ninguno de estos libros promete fórmulas mágicas. No pretenden enseñar a «superar» una pérdida ni a «cerrar ciclos». El amor no es un trámite que pueda clausurarse. Son libros escritos para acompañar, ofrecer lenguaje y recordar que pedir ayuda también forma parte del cuidado.

Una revolución silenciosa

Creo en una revolución silenciosa: la revolución de la dignidad frente a la enfermedad, el cuidado, la muerte y el duelo.

Sueño con un futuro en el que las familias puedan hablar de la muerte sin sentir que han perdido la esperanza; en el que los cuidadores sean reconocidos como personas con límites, derechos y necesidad de apoyo; en el que el duelo anticipado sea comprendido como una respuesta humana y no como una traición emocional; y en el que los cuidados paliativos dejen de ser interpretados como abandono.

También sueño con una sociedad capaz de educar para la finitud. Una sociedad que enseñe desde temprano que la vida es vulnerable, que los vínculos requieren presencia y que hablar de la muerte puede ayudarnos a vivir con mayor conciencia.

Mirar la finitud de frente no me volvió cínico. Me obligó a pensar el futuro desde un lugar más honesto. Saber que el tiempo es limitado transforma la manera en que elegimos, cuidamos, amamos y postergamos.

Escribir para acompañar

Sharon no murió para enseñarme nada. Su muerte no fue una lección preparada para mi crecimiento ni una pieza necesaria dentro de algún plan. Decirlo de esa manera convertiría su ausencia en un instrumento y reduciría la vida que compartimos a una explicación.

Pero lo vivido me dejó preguntas, aprendizajes y una responsabilidad que ya no puedo ignorar.

Las palabras no detienen la muerte. Tampoco eliminan el miedo ni reparan aquello que se ha perdido. Sin embargo, pueden transformar la manera en que vivimos, cuidamos y amamos mientras todavía tenemos tiempo.

¿Qué palabras seguimos postergando?

¿Qué vínculos necesitan hoy nuestra presencia?

¿Qué podría convertirse mañana en un arrepentimiento evitable?

La impermanencia no es una promesa de libertad ni una respuesta para todo. Es una realidad que puede devolvernos perspectiva:

Nada dura. Por lo tanto, todo cuenta.

La vida me lo enseñó a golpes. Escribo para que otros no tengan que esperar necesariamente a que su mundo se derrumbe para reconocerlo.

No puedo evitar que otros conozcan la oscuridad.

Puedo procurar que, cuando deban atravesarla, encuentren una voz que camine a su lado.

Esa es mi tarea.

Germán A. DeLaRosa Mi diario incompleto

Autor de la Trilogía CorazónValiente

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