Regresar a Israel

El regreso que todavía no hago

Hay un regreso que sé que tengo que hacer.

Israel

No tiene fecha todavía. Tiene peso… Tiene forma. Ocupa un espacio en mi cabeza con la persistencia silenciosa de las cosas que uno sabe que no puede seguir aplazando indefinidamente… Israel.

Tres años sin volver. Tres años desde que cerramos el apartamento, dejamos las llaves con nuestro sobrino y tomamos un vuelo hacia Santo Domingo que ninguno de los dos imaginó como despedida. Salimos con la idea de una pausa larga… Con la idea del regreso.

El regreso no ocurrió como lo imaginamos.

Sharon murió el 28 de septiembre de 2024. Y desde entonces, volver a Israel dejó de ser una prioridad para convertirse en algo que no sé bien cómo nombrar. No es miedo exactamente. No es que trate de evitarlo. Es más parecido a saber que cuando cruce esa puerta, algo va a ocurrir dentro de mí que no podré controlar ni anticipar, y que aun así va a ser necesario.

Para quien llega hoy a estas páginas sin conocer la historia, Israel no es solo el país donde vivimos casi veinte años. Es el lugar donde nos formamos como familia. Los tres… Esteban, Sharon y yo. Pero también mucho más que los tres.

Mis hermanos, los sobrinos, mis primos. Todos reunidos, en distintos momentos de esos años, alrededor de una mesa que para nosotros tenía un nombre concreto… la cena del viernes. 

El Shabat.

Hay algo en esa tradición que ningún emigrante latinoamericano termina de describir del todo hasta que la vive. El viernes al atardecer, el mundo cambia de velocidad. Las compras ya están hechas. El trabajo empieza a perder autoridad. Los teléfonos bajan la voz. La casa se prepara, aunque nadie lo anuncie con solemnidad.

Y entonces llega la familia. No como invitados formales. Como familia. Con los comentarios de siempre, con la conversación que continúa donde quedó la semana anterior, con los niños corriendo por los pasillos y los adultos fingiendo que los escuchan mientras intentan contarse lo importante.

Fue en una de esas cenas donde nació la idea de emigrar. Nuestro primo Yacov, cuya hija mayor ya vivía allá, nos habló una noche en Barranquilla de una posibilidad que hasta entonces había sido apenas un pensamiento suelto. La mesa, la familia, el calor de ese viernes colombiano: ese fue el escenario donde nuestra vida giró hacia una dirección que ninguno de nosotros había calculado.

Israel nos llamó desde una cena de viernes… Y en las cenas de viernes vivimos, después, casi dos décadas de historia.

Llegar a ese país siendo adulto, sin el idioma, sin el alfabeto, sin la menor idea de cómo se orienta uno en una lengua que se escribe de derecha a izquierda, es una experiencia que iguala a todo el mundo. No importa cuánto hayas logrado antes. No importa qué edad tengas, qué oficio, qué títulos. El hebreo empieza desde cero. Y ese cero no tiene atajos.

Lo aprendimos juntos. Eso es lo que más recuerdo.

Nos sentábamos en la mesa, Sharon y yo, con los libros del ulpan abiertos frente a nosotros, practicando las letras como si tuviéramos ocho años. El “aleph-bet”… el abecedario hebreo, letras que no se parecían a ninguna letra conocida. Un alfabeto que funcionaba como un código secreto hasta que, de pronto, dejaba de serlo, y entonces no entendías cómo alguna vez te había parecido imposible.

Sharon lo pronunciaba con un acento que nunca desapareció del todo. Pero lo pronunciaba. Con determinación. Con esa voluntad suya de no quedarse en la orilla de los lugares… Ella entraba.

Recuerdo una noche en que practicó durante días una frase completa para decirla frente a unos amigos israelíes. La dijo. Sin titubear. Y cuando los demás respondieron con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo, ella me buscó con los ojos desde el otro lado de la mesa.

No sonrió de forma exagerada. No hizo un gesto de triunfo.

Solo me miró.

Y esa mirada decía: Lo logramos.

No lo logré yo… No lo logró ella: Lo logramos.

Esteban llegó a Israel a los catorce años. Salió de allí siendo otro.

No de una manera dramática. De la manera silenciosa en que un lugar transforma a alguien cuando lo recibe en los años en que todavía se está formando por dentro. Al tercer año ya soñaba en hebreo. Ya pensaba en hebreo, hacía bromas que solo funcionaban en ese idioma, y nosotros los entendíamos a medias, riéndonos no siempre del chiste, sino del hecho de que nuestro hijo ya pertenecía a algo que nosotros todavía estábamos aprendiendo.

Sus primeros logros en Israel no fueron de esos que uno registra en un álbum. Fueron más íntimos. El día que llegó a casa y nos corrigió la pronunciación sin pensarlo, con la naturalidad de quien ya no recuerda cómo era no saber. El día que hizo un amigo de verdad, de esos que duran. El día que mezcló español y hebreo en una misma frase como si los dos idiomas hubieran dejado de competir dentro de él.

Yo guardé esos momentos sin saber que los estaba guardando. Los viví como episodios cotidianos. Solo ahora, desde esta distancia y desde esta pérdida, entiendo lo que eran… la vida ocurriendo en plenitud. Los tres construyendo algo que no existía antes de cruzar esa frontera.

Y alrededor de nosotros, los viernes, la familia. Los hermanos que llegaban con sus hijos. Los primos con sus historias de la semana. Los sobrinos creciendo en ese país con raíces que ya les llegaban a los pies. La mesa larga. El ruido que solo existe cuando hay amor suficiente para llenarlo.

Israel no fue solo nuestro hogar… Fue el hogar de todos.

Cuando pienso en el regreso, no pienso únicamente en calles. Pienso en todo eso.

Pienso en los lugares que tienen su presencia grabada de una manera que ningún recuerdo individual puede resumir. Pienso en la puerta de un apartamento que cerramos creyendo que volveríamos a abrir juntos… Pienso en una mesa de viernes donde estarán muchos de los mismos rostros conocidos y una ausencia que nadie necesitará explicar.

Eso es lo que carga este regreso.

No es miedo al pasado. Es la conciencia de que el pasado y el presente van a ocupar el mismo espacio al mismo tiempo, y que yo no podré elegir cuánto sentir de cada uno.

Aprendí algo en estos meses de duelo… los lugares no olvidan. Las personas, de alguna manera, tienen que seguir funcionando. La memoria suaviza bordes. La vida obliga a contestar mensajes, pagar cuentas, preparar café, hacer mercado, dormir aunque sea mal. Pero los lugares guardan otra clase de fidelidad.

Las paredes de un apartamento conocen el sonido de una risa específica. Una calle reconoce el paso de alguien que ya no camina por ella. Una mesa sabe cuántos deberían sentarse y cuántos faltan.

Volver a Israel es exponerse a eso. A los espacios que recuerdan lo que yo también recuerdo, pero que no pueden consolarme de ninguna manera.

Y sin embargo.

Sé que voy a ir. Que tengo que ir. No como ejercicio terapéutico. No como cierre… No como una ceremonia para demostrar que avancé. Voy porque esa parte de mi historia existe, y negarla sería negarme a mí mismo una porción enorme de lo que soy.

Fui formado allá. Fuimos formados allá. Como familia nuclear. Como familia extendida. Como las personas que decidimos ser cuando cruzamos una frontera sin saber del todo qué íbamos a encontrar.

Sharon está en ese lugar de una manera que no requiere tumba ni lápida. Está en el idioma que aprendimos juntos. Está en las letras de un alfabeto que practicamos hasta que dejaron de ser extrañas… Está en cada viernes que ocurrió alrededor de una mesa con la familia… Está en esa versión de nosotros que todavía vive allí, aunque la vida haya seguido en otra parte.

Ese vínculo no necesita que yo regrese para existir. Existe independientemente de mí.

Pero yo sí necesito regresar para encontrarme con él.

Todavía no sé cuándo. Sé que será pronto, aunque esa palabra —pronto— no resuelve nada. A veces lo pronto no es una fecha, sino una presión interna. Una cercanía que empieza a moverse en el cuerpo antes de convertirse en pasaje, maleta o itinerario.

Sé que cuando lo haga voy a llevar conmigo esta mezcla de anticipación y peso que no tiene nombre exacto en ningún idioma, ni en español ni en hebreo. Sé que habrá momentos en que el cuerpo entenderá antes que la cabeza. Que una esquina, una voz, una palabra escuchada al pasar, una llave, una silla, podrán abrir algo que yo creía más ordenado.

Y sé que en algún viernes, en alguna mesa, volveré a sentarme con los míos alrededor de esa cena que nos enseñó a llamar hogar a un lugar que no era nuestro hasta que decidimos que sí lo era.

Sharon no estará sentada. Pero estará presente. No como consuelo fácil. No como frase bonita. Estará en lo que dejó, en lo que construyó, en lo que los demás seguimos siendo gracias a ella. Estará en esa forma extraña en que los muertos amados no vuelven, pero tampoco terminan de irse.

Ese es el regreso que tengo pendiente.

Todavía no lo hago.

Pero ya empezó a moverse dentro de mí.

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