No decidí escribir… Decidí no parar.

No decidí escribir… Decidí no parar.

Llevaba más de diez años escribiendo antes de que Sharon muriera.

Era una combinación de escritura pública e investigación íntima. No escribía pensando en lectores, en una publicación ni en una fecha de salida. Era otra cosa. Una escritura de búsqueda. Cuadernos, archivos, notas sueltas, lecturas subrayadas, ideas que iban tratando de armar una visión sobre la evolución personal, la neurociencia, la neuroplasticidad y los mecanismos del cambio humano. Durante mucho tiempo pensé que de todo eso, algún día, nacería un libro.

No tenía un contrato. No tenía una estructura definitiva. Ni siquiera tenía un título. Tenía algo más frágil, y al mismo tiempo suficiente: la ilusión. Esa convicción suave de que las piezas, tarde o temprano, iban a encajar en algo que valdría la pena escribir.

Eso bastaba para seguir.

Cuando Sharon enfermó, yo seguí escribiendo. No por disciplina heroica, sino porque escribir era desde hacía años la manera en que yo procesaba el mundo. Un hábito tan integrado a mi vida que no necesitaba explicármelo. Pero poco a poco empecé a sentir una fractura que no sabía nombrar. Lo que escribía ya no tenía relación con lo que estaba viviendo.

Seguía tomando notas sobre neurociencia mientras pasaba horas en pasillos de hospital. Me mantenía leyendo sobre transformación humana mientras aprendía, a la fuerza, a mirar resultados de laboratorio que nadie me había enseñado a interpretar. Vivía rodeado de ideas sobre crecimiento, sentido, evolución, mientras la realidad se iba volviendo algo mucho más elemental, mucho más crudo… dolor, incertidumbre, deterioro, miedo.

Todo lo que había acumulado hasta entonces empezó a parecerme ajeno al territorio que estaba atravesando.

No servía…

O, mejor dicho, quizá servía para otras cosas. Pero no para esta. No para acompañar a la persona que amas cuando su cuerpo empieza a entrar en una lógica que nadie te preparó para entender. No para sostenerte cuando los médicos empiezan a hablar en un idioma técnicamente correcto pero existencialmente devastador.

Recuerdo, sobre todo, mi reacción cuando empezaron a hablar de cuidados paliativos. Yo no entendí. Nadie me explicó de verdad lo que eso significaba. Escuché esas palabras y, desde el miedo, las traduje de la peor manera posible… ya no quieren curarla. Se están rindiendo. Ya no hay nada que hacer.

Sentí rabia. Contra el sistema. Contra los protocolos. Contra esa forma clínica de comunicar algo que, para quien escucha desde el amor, no suena a cuidado, sino a abandono.

Después supe que no era así. Pero en ese momento no lo sabía.

Y esa ignorancia dolía.

Busqué entonces libros que me ayudaran a entender lo que estaba pasando. No manuales médicos para especialistas. No textos espirituales escritos desde una paz que a mí me resultaba inaccesible… No libros de duelo escritos desde la otra orilla, el después, el lugar de quien ya sobrevivió y ahora mira hacia atrás con lenguaje ordenado.

Yo necesitaba otra cosa.

Necesitaba un libro escrito desde dentro del proceso, en medio de la confusión real, del sillón del acompañante, del pasillo, de la fatiga y de ese miedo que uno no sabe cómo nombrar. Necesitaba un libro capaz de contener esa mezcla insoportable de amor, rabia, esperanza, negación y agotamiento que no cabe en el vocabulario técnico ni en las frases hechas del consuelo.

No lo encontré.

El libro que yo necesitaba no existía.

Sharon murió el 28 de septiembre de 2024. En los días que siguieron, mi hijo Esteban me regaló un cuaderno. No me dijo que escribiera algo en particular. No me dio instrucciones. Me dio un lugar… Un espacio donde poner lo que ya no cabía en ningún otro sitio.

Durante semanas no lo abrí.

Eso, visto desde afuera, puede parecer un detalle menor. Para mí no lo fue. Porque ese cuaderno no era solo papel. Era una invitación a entrar de frente en un dolor que yo apenas podía rozar sin quebrarme. Seguía escribiendo en otros lados, en mis lugares de siempre, pero lo hacía desde una fractura que todavía no reconocía del todo.

Además, no solo había perdido a Sharon. También se había derrumbado otra cosa.

La fe que había sostenido sesenta años de mi vida se desintegró con una velocidad que todavía me cuesta describir. No fue una crisis lenta. No fue una transición elegante. Fue una ruptura. Y de pronto me encontré sin muchos de los marcos que habían organizado mi manera de entender el sufrimiento, la esperanza, la vida, la muerte.

Yo seguía escribiendo… sí. Pero ya no había proyecto. No había audiencia. No había aquella ilusión serena de antes. Esa ilusión pertenecía a otro hombre. Al hombre que existía antes de atravesar la enfermedad de Sharon, antes de verla sufrir, antes de acompañarla hasta un umbral para el que nadie me había preparado.

Escribía porque no sabía cómo dejar de hacerlo.

Escribía porque era la única forma que conocía de no desintegrarme por completo. Lo que no podía decir en voz alta. La ira que no encontraba dónde depositar. La confusión que no quería convertir en conversación social. Todo eso iba a parar, de un modo u otro, a la escritura.

No decidí escribir… Decidí no parar.

Mi diario incompleto

Casi tres meses después de la muerte de Sharon, abrí por fin el cuaderno que me había regalado Esteban.

Era el 20 de diciembre de 2024.

Ese día escribí que había tomado la decisión de honrar su memoria, su legado, y continuar con el proyecto que habíamos iniciado los dos. No lo escribí desde la fuerza. No era una proclamación victoriosa. Era una frase escrita con temblor. Desde ese lugar extraño en el que el dolor ya no grita con el mismo estruendo del principio, pero sigue ocupándolo todo.

Ese mismo día quedó escrito también algo que hoy, al volver a leerlo, me conmueve de una manera especial… el origen del nombre ProyectoTrípode.

Fue en 2019, en el Hospital Assaf Harofe. Sharon acababa de recibir el diagnóstico. Comenzaba la quimioterapia. Era nuestro primer contacto real con la finitud.

Allí, en medio de todo eso, Esteban, nuestro único hijo, nos abrazó… A los dos. Y nos dijo que éramos un trípode. Que los tres nos sostendríamos. Como las tres patas que sostienen una cámara… la estabilizan para que no caiga, mantienen firme el enfoque.

El nombre que él inventó para nombrarnos como familia terminó siendo el del proyecto editorial.

No nació de una estrategia. Nació de un vínculo.

Y eso cambió para siempre el sentido de lo que vino después.

Ese 20 de diciembre entendí algo que el dolor todavía no había logrado borrar del todo: el amor también deja estructura. No solo vacío. También forma, fundamento, una manera de sostener lo que parecía insostenible.

Pero el duelo no avanza en línea recta. Cinco días después, el 25 de diciembre, volví a escribir en ese mismo cuaderno algo muy distinto: que me sentía muy desmotivado, que su recuerdo me dolía mucho, pero que su ausencia me dolía aún más, y que el vacío era inexplicable. Escribí también algo todavía más verdadero: que tal vez no iba a superar nunca ese vacío, que estaba aprendiendo a vivir con él, pero que el dolor y las lágrimas seguían ahí.

Esa segunda entrada es tan verdadera como la primera.

No contradice la decisión del 20 de diciembre. La desnuda.

Porque eso era lo que había debajo de aquella voluntad de continuar… no certeza, no claridad, no paz, sino una herida abierta tratando de encontrar una forma de no rendirse del todo. Cada paso hacia la continuidad volvía a pronunciar la ausencia. Cada intento de sostener el proyecto traía de regreso la realidad brutal de quién faltaba.

Las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo: la decisión de seguir y la imposibilidad de dejar de llorar.

Con el tiempo entendí que precisamente ahí estaba la verdad de lo que estaba naciendo.

Yo no decidí escribir la trilogía CorazónValiente como quien diseña un plan editorial. Lo que ocurrió fue otra cosa. Llevaba más de diez años escribiendo sobre evolución personal y neurociencia cuando la enfermedad de Sharon convirtió ese material en algo insuficiente para el territorio real que estábamos atravesando. Busqué el libro que necesitaba y no existía. Perdí a Sharon. Perdí también muchos de los marcos que me sostenían. 

Esteban me dio un cuaderno. El 20 de diciembre escribí que continuaría. Cinco días después seguía llorando.

Germán A. DeLaRosa

De todo eso nació CorazónValiente. No el libro que yo había imaginado antes, sino los libros que solo podían escribirse desde dentro de esa experiencia. Hablan de la finitud cuando deja de ser una idea y se vuelve cuerpo, hospital, decisiones, miedo, deterioro y amor. De los cuidados paliativos que al principio confundí con abandono. De un territorio para el que nadie te prepara y que, sin embargo, tienes que atravesar igual.

Los escribí porque era la única forma que conocía de procesar lo que no cabía en ningún otro lugar.

Lo que existe ahora no es lo que había planeado. Es lo que quedó después de que todo lo planeado se rompió.

El libro que no existía cuando más lo necesité… terminó siendo el libro que escribí.

No sé si eso es mejor que lo que habría sido mi proyecto anterior. No sé si esa comparación tiene ya algún sentido.

Solo sé esto… No paré.

Y que en el cuaderno que Esteban me regaló para ayudarme con el dolor, empezó a tomar forma todo lo que vino después.

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