Mi diario incompleto
Cartas desde Barranquilla
Germán A. DeLaRosa Mi diario incompleto
Volví a Barranquilla con mi hijo, Xiomy y Elishay cuando se cumplían dos años de la partida de Sharon. No era un viaje cualquiera. Volver a la ciudad donde nacimos, donde crecimos y donde comenzó buena parte de nuestra historia significaba regresar a un lugar lleno de recuerdos, pero hacerlo ahora sin ella.
Durante esos días nos reunimos con parte de su familia y parte de la mía. Estaban sus hermanas, Carmen y Marta; mi hermana Yomaira con Ricardo y Richard; Leymar, a quien Sharon y yo siempre hemos querido como a un hijo, junto a Ana y Erick. También estaban, en la distancia, mis hermanos y mi familia en Israel, que esta vez no pudieron acompañarnos.
No hubo una ceremonia grandiosa. No hacía falta. Bastaba estar juntos.
Bastaba que alguien pronunciara su nombre para que una conversación trajera otro recuerdo. Un comentario llevaba a una anécdota. Una anécdota traía una sonrisa. Después llegaba algún silencio. Cada uno parecía guardar dentro de sí una Sharon distinta y, al mismo tiempo, la misma.
Hay algo extraño en recordar a alguien junto a quienes también la quisieron. Durante dos años he vivido su ausencia desde el lugar del esposo que perdió a la mujer con quien compartió más de medio siglo. Pero en Barranquilla pude volver a verla desde otros lugares: como hermana, cuñada, tía, amiga, madre, abuela.
Comprendí entonces que nadie posee por completo la memoria de una persona. Cada uno guarda una parte.
Quizás por eso, cuando regresé, sentí la necesidad de escribir cartas. No cartas para despedirme de Sharon. De esas he escrito muchas sin llamarlas así. Eran cartas para quienes permanecieron.
A mi hijo quise agradecerle algo que a veces se me olvida porque mi propio dolor ocupa demasiado espacio: él también perdió a su madre. Mientras yo intentaba entender cómo seguir viviendo sin mi esposa, él tuvo que aprender a vivir sin la mujer que lo acompañó desde el primer día de su vida. Y, aun así, durante estos dos años ha estado pendiente de mí, cuidándome de muchas maneras, algunas evidentes y otras silenciosas.
Quise decirle que lo veo. Que sé que también le duele. Que agradezco cada gesto.
A Xiomy también necesitaba escribirle. Hay personas que llegan a la familia por una relación y terminan ocupando un lugar propio. Ella quiso a Sharon y, desde que Sharon murió, me ha dado un cariño que nunca he sentido como una obligación. Hay gestos que uno reconoce de inmediato cuando nacen del afecto. En estos dos años he recibido muchos de ella.
Y después está Elishay.
No sé si algún día podrá entender lo que su presencia ha significado para mí desde que murió su abuela. Los niños no saben que están salvando ciertos momentos. No lo hacen deliberadamente. Ellos simplemente viven. Preguntan. Juegan. Se ríen. Reclaman nuestra atención cuando nosotros quisiéramos perdernos por unos minutos dentro de nuestros pensamientos.
Elishay me ha devuelto muchas veces al presente sin saberlo.
Algún día quiero hablarle mucho de Sharon. No quiero que su abuela sea solamente una fotografía familiar ni un nombre que escuche durante alguna conversación. Quiero contarle cómo se reía, cómo se molestaba, cómo quería, cómo protegía a los suyos. Quiero que sepa que hubo una mujer llamada Sharon que habría disfrutado enormemente verlo crecer.
A mi hermana Yomaira no necesito explicarle nuestra historia. Ella la conoce desde hace décadas. Conoció a Sharon antes de que los años terminaran mezclando nuestras familias hasta volver inútil cualquier intento por separar quién pertenecía a cuál. Después de cincuenta y un años de vida compartida, Sharon ya no era solamente mi esposa. Era parte de mi familia de una manera que no necesitaba apellido ni explicación.
Lo mismo ocurre con Ricardo y Richard. Hay vínculos que se forman con el tiempo, a fuerza de encuentros, celebraciones, dificultades, viajes, conversaciones y años. Estar juntos nuevamente en Barranquilla me recordó el valor de esas relaciones que sobreviven incluso cuando alguien fundamental falta.
Con Carmen es diferente.
Sharon la llamaba “Mi alma gemela”.
Todavía puedo escucharla pronunciando esas palabras.
Entre ellas existía un lenguaje construido mucho antes de que yo apareciera en sus vidas. Eran hermanas, pero también compañeras de una historia que solo ellas conocían completamente. Compartieron infancia, familia, códigos, recuerdos, peleas, reconciliaciones y esas pequeñas cosas que con los años terminan formando una vida.
Yo fui testigo de una parte.
Por eso me cuesta escribirle a Carmen sin pensar que también ella perdió algo irrepetible. Su duelo no es el mío. El mío pertenece al esposo que perdió a su compañera. El suyo pertenece a una hermana que perdió a otra hermana.
Con Marta ocurre algo parecido. Cada uno de nosotros perdió a una Sharon distinta. Y quizás esa sea una de las cosas que más he comprendido durante estos dos años: la muerte de una persona produce muchas ausencias. No hay un solo duelo alrededor de alguien que muere. Hay tantos como vínculos existieron.
Pensé también en Leymar.
Siempre hemos dicho que es nuestro sobrino, aunque hace muchos años esa palabra dejó de describir lo que sentimos por él. Sharon y yo lo hemos querido como a un hijo. Es una de esas relaciones que la vida acomoda de una manera que el árbol genealógico no consigue explicar.
Agradecerle su cariño hacia Sharon era necesario. Pero también quería agradecerle que siguiera cerca después. Lo mismo a Ana y a Erick. Las familias también se construyen así, no solamente por sangre, sino por el tiempo que alguien decide permanecer.
Durante esos días pensé mucho en quienes estaban lejos.
Mis hermanos y mi familia en Israel no pudieron estar en Barranquilla, pero la distancia no los dejó fuera de lo que estábamos viviendo. Mi vida con Sharon atravesó países, ciudades, idiomas y mudanzas. Colombia, Israel, República Dominicana. Parte de nuestra historia quedó repartida entre esos lugares y, con ella, también nuestras relaciones.
Uno aprende con los años que estar lejos y estar ausente no son la misma cosa.
Mientras escribía cada uno de estos mensajes fui entendiendo algo que quizá necesitaba comprender desde hacía tiempo. Durante los primeros meses después de la muerte de Sharon miraba casi exclusivamente aquello que había perdido. Era inevitable. Había desaparecido de mi vida la persona que había estado a mi lado durante más de medio siglo.
La casa cambió. Las rutinas cambiaron. Las noches cambiaron. Yo cambié.
Pero el dolor puede ocupar tanto espacio que a veces no deja ver a quienes siguen alrededor.
Barranquilla me hizo mirar hacia ellos.
A los que llamaron. A los que preguntaron cómo estaba. A los que escucharon sin tratar de arreglarme. A los que continuaron pronunciando el nombre de Sharon después de que terminó el funeral, después de los primeros meses, después del primer aniversario.
A los que no desaparecieron cuando la vida de los demás siguió adelante.
Quizás por eso nacieron estas cartas. Porque hay agradecimientos que no deberían quedar implícitos.
Quería que mi hijo supiera lo que ha significado para mí. Que Xiomy lo supiera. Que algún día Elishay pudiera leer lo que su abuelo sintió en estos años. Quería que Carmen y Marta supieran que también veo su dolor. Que Leymar, Ana, Erick, Yomaira, Ricardo y Richard supieran cuánto valoro que sigan formando parte de mi vida.
También quería que mi familia en Israel supiera que la distancia nunca los dejó fuera de nuestra historia.
No sé si uno aprende realmente a vivir con una ausencia como la de Sharon. Yo todavía estoy averiguándolo.
Lo que sí sé es que en estos dos años miro con mayor atención a quienes permanecen.
Sharon murió.
No necesito suavizar esa frase.
Murió, y su ausencia sigue teniendo un peso concreto en mi vida. Pero también dejó vínculos, recuerdos, afectos y personas que todavía se reúnen alrededor de su nombre.
En Barranquilla lo pude ver con claridad.
Regresé a la ciudad donde comenzó nuestra historia y, dos años después de su muerte, encontré otra forma de hablar de ella.
No escribiéndole a quien se fue.
Escribiéndoles a quienes se quedaron.
Estas son mis cartas desde Barranquilla.
Y todas dicen, de una manera distinta, lo mismo:

Tío Germán gracias por tu mensaje, cariño, y esfuerzos por propender por la unidad familiar! Compartimos tiempo valioso en familia y recordando a Sharon con mucho cariño.
Gracias, Richard. Para mí también fue muy valioso estar juntos en Barranquilla, conversar y recordar a Sharon en familia. Me hizo bien compartir esos días con ustedes. Te quiero mucho, sobrino.
German
Grandes enseñanzas se aprende cuando uno pasa alguna dificultad en este caso una partida, nunca se supera se aprende a vivir con el dolor, lo se por la ausencia de mi padre que gracias a Dios y a ti tío que fuiste mi padre, por tú ejemplo y cariño, y el amor de mi tía madre hacia todos siempre fue puro y sincero y así mismo nosotros la amamos y la recordamos a nuestra manera, es un ángel que nos cuida y pronto la volveremos a ver con el favor de Dios
Leymar, me tocó mucho leerte decir que fui un padre para ti. Tú sabes que Sharon y yo siempre te hemos querido como a un hijo. Gracias por ese cariño que nos has dado y por seguir cerca. Te quiero mucho.
German
Admiro tu corazón, tu amor y dedicación a una hermosa alma que ahora está descansando y viendo tu rostro de nuevo y agradeciendo todo tu amor y cariño, que mi Dios la tenga en su gloria y descanse en paz
Gracias, Myryam, por tus palabras y por recordar a Sharon con tanto cariño. Me alegra que hayas podido sentir en estas cartas el amor que sigue formando parte de mi vida. Un abrazo.
German
Sharom siempre estará en nuestros corazones ♥️ viviendo con 🎶 alegría ,familia les mando un fuerte abrazo desde israel y German gracias mil gracias por compartir con nosotros estos escritos que hemos recibido con amor y un aprendizaje único para mi vida.
Gracias, hermana. Saber que Sharon sigue viviendo también en ustedes me acompaña mucho. Ella quiso profundamente a nuestra familia, y volver a Barranquilla fue también volver a tantos recuerdos compartidos. Gracias por leerme desde Israel y por recibir estas palabras con tanto cariño. Te abrazo fuerte.
German
Queridos Primos; así como hemos visto cruzar nuestras vidas en el transcurrir del tiempo, donde bien la distancia y las circunstancias nos aleja sin perder la esencia del aquí estoy y siempre estaré; el plasmar lo que piensas, sientes; perpetúan con hechos que SHARITO hoy está más que ayer y estará mañana de vuelta porque nunca se fue. La obra De Dios es perfecta!
Gracias, primo. Tus palabras me tocaron. La distancia y los años cambian muchas cosas, pero hay afectos y vínculos que permanecen. Sharon sigue estando en la memoria, en lo vivido y en todo lo que dejó en nosotros. Gracias por ese «aquí estoy y siempre estaré». Lo recibo con mucho cariño. Un abrazo grande.
German