La misma mujer. El mismo amor. Dos formas distintas de vivir sin ella.

Mi diario incompleto

La ausencia que nunca será la mía

La misma mujer. El mismo amor. Dos formas distintas de vivir sin ella.

Germán A. DeLaRosa Mi diario incompleto

Eran pasadas las once cuando encontré los dos videos. No estaba buscando nada. Estaba haciendo lo que hago casi todas las noches desde hace meses: deslizar el dedo por una pantalla hasta que el cansancio pese más que el pensamiento. Es una forma de no quedarme solo con el silencio de la casa.

El primero estaba dirigido a una pareja. Hablaba del deseo imposible de volver a conversar con la persona que ya no está, de escuchar aunque fuera una última vez esa frase capaz de poner el mundo en orden: «Todo va a estar bien». Sentí que aquellas palabras hablaban de Sharon.

Bastó cambiar un nombre para reconocer mi propia historia.

El segundo apareció enseguida. Estaba dirigido a una madre. No fue una revelación… fue una coincidencia, de esas que ocurren cuando una frase suelta en una película te alcanza sin pedir permiso. El video no me enseñó nada. Estaba hablando de otra gente y, por un segundo, dejé de pensar en mí.

Era un hijo hablando de su madre. Decía que, si le preguntaban por ella, podía contestar rápido: que fue fuerte, amable, que siempre estaba sonriendo. Pero que, si le preguntaban en serio, si alguien insistía un poco más abajo, se le quebraba la voz.

La había visto llorar. La había visto enfrentar batallas. La había visto darlo todo por su familia y desvivirse por su nieto. La había visto darle la mano cuando más la necesitaba. Y decía que el peor dolor de su vida había sido quedarse sin ella.

Ese hijo tenía dos respuestas. Nosotros llevamos meses dándonos la primera.

Pensé en PiPe. Fue apenas un instante, un segundo antes de que la pantalla pasara al siguiente video, pero bastó para ver algo que había permanecido frente a mí durante todos estos meses sin que lograra mirarlo: mientras yo aprendo a vivir sin mi esposa, mi hijo aprende a vivir sin su madre.

Parece la misma pérdida… No lo es.

Yo la recuerdo preparando el café de la mañana. Daba el primer sorbo y decía siempre lo mismo: «Este café me acabó de despertar». No pasaba nada ese día. No era un cumpleaños ni una mala noticia. Era un martes cualquiera, y por eso lo tengo tan claro.

PiPe la recuerda de otra manera. Hay una escena que vi mil veces y que no me pertenece: de niño buscaba su mano para sentirse seguro y, de grande, era ella quien buscaba la de él para sentirse segura. Yo estaba al lado de los dos y, aun así, estaba afuera. Lo que ocurría entre ellos sucedía en un idioma que ella solo hablaba con él.

Esa mujer —la que le dejaba el desayuno servido y le recordaba que llamara al salir y al llegar— nunca fue mi esposa. Y la mujer del café de los martes nunca fue su madre.

Esa madrugada me quedé un rato largo con el teléfono apagado sobre el pecho, mirando el techo. Vivimos en el mismo apartamento, compartimos la misma mesa, recordamos a la misma persona y, sin embargo, casi nunca hemos hablado de cómo la estamos extrañando.

Hablamos de otras cosas. Del trabajo. De mi nieto… su hijo. De lo que hay que resolver durante la semana. Hablamos como hablan dos hombres que se quieren y que han decidido, sin decirlo nunca en voz alta, que existe un tema que se rodea. No porque falte amor. Quizá porque, sin darnos cuenta, cada uno intenta proteger al otro.

Este fin de semana, cenando, PiPe dijo su nombre sin pensarlo. Estaba abriendo un juguete del niño, de esos que vienen envueltos en plástico de burbujas, y se detuvo a mitad de la frase.

Hice un gesto disimulado, de recuerdo con dolor, y seguí cenando. Llevé la conversación por otro lado. Ninguno de los dos levantó la vista: él en el juguete, yo en el plato. Después seguimos hablando del cohete, de sus piezas y de la alegría de mi nieto con su regalo, como si el nombre no hubiera pasado por la mesa.

Él abrió la puerta. Fui yo quien la cerró.

Existe una forma de silencio que nace del cariño: creemos que, si ocultamos una parte del dolor, evitaremos aumentar el de quien tenemos al lado. En Diálogos en el Silencio escribí largamente sobre esto, sobre los muros que construimos por amor, sobre el pacto tácito de no nombrar lo que está pasando para no herir a quien se está muriendo.

Pero escribí sobre el silencio de antes: el del cuidador frente al paciente, el que se levanta mientras todavía hay tiempo, mientras todavía se puede decir algo. Este es otro. Este es el silencio de después, el que ocurre entre dos personas que ya perdieron.

Ninguno está protegiendo a un paciente. Nos estamos protegiendo el uno al otro, y los dos sabemos ya todo lo que hay que saber.

Llevo tiempo escribiendo sobre el silencio y no supe verlo instalarse en mi propia rutina. Con el tiempo descubrimos que el dolor no desaparece cuando deja de nombrarse: solo aprende a quedarse en silencio.

Y hay algo que nunca había pensado con suficiente honestidad. Yo sé lo que significa perder a una madre; perdí a la mía hace treinta y cinco años. Pero saber no es sentir. Conozco la forma del hueco, no conozco el suyo. Así como PiPe puede imaginar lo que significa perder a la mujer con quien compartí la vida durante tantos años, pero nunca podrá sentirlo como yo.

Él conoció a una mujer que yo nunca conocí: la que existía antes de que él tuviera memoria, la que fue construyendo desde el suelo de una casa, mirando hacia arriba. Yo conocí a una mujer que él nunca conoció: la que se muestra a otro adulto en la intimidad, en la fatiga, en las decisiones que no se cuentan a los hijos.

Dos versiones de Sharon que solo existían en nosotros. Y las dos se fueron el mismo día.

La muerte alcanza a una familia entera, pero no deja el mismo vacío en todos. Cada vínculo conserva una historia irrepetible y cada uno aprende, por su cuenta, una forma distinta de extrañar.

Esta mañana se lo dije. Fue antes de que saliera al trabajo, de pie en la cocina, con el día empezando sobre nosotros. Le dije que había estado tan concentrado en aprender a vivir sin Sharon que no me había detenido a mirar cómo estaba viviendo él la ausencia de su mamá.

Le pedí perdón por ese egoísmo.

No le pregunté nada. Nos abrazamos fuerte, entre lágrimas y en silencio. Fue él quien se movió primero. Me abrazó como se abraza a alguien que uno cree más frágil de lo que es. Duró bastante. Cuando se separó, le vi los ojos brillantes y una lágrima que estaba disimulando.

Yo no dije nada. Él sí:

Me habló de mí. No me habló de él.

Después se fue a trabajar, y yo me quedé de pie en el hall de las habitaciones, con la sensación exacta de que aquel abrazo había dicho algo y no había dicho nada, y de que ambas cosas eran ciertas.

Así que le escribí. Un mensaje largo, de esos que uno escribe cuando lo hablado se queda corto y no termina de saber por qué. Le dije lo mismo que ya le había dicho, pero por escrito, que es la única forma en que yo termino de decir las cosas.

Le dije que sabía que había alcanzado a decírselo antes de que se fuera, pero que sentía la necesidad de escribirlo también. Le dije que nunca podré sentir esa ausencia como la siente él, y que sí puedo reconocerla, respetarla y estar a su lado cuando quiera hablar de ella o, simplemente, cuando quiera recordarla.

Y terminé el mensaje como termino todos los mensajes que le mando, todos los días:

«Te queremos mucho… mi PiPe».

Lo leí tres veces antes de enviarlo. No para corregirlo, sino para asegurarme de que no le estaba pidiendo nada. Lo leí tres veces y no vi el plural.

Lo escribo cada día. Lo escribía cuando ella estaba y lo sigo escribiendo ahora. Nunca lo cambié. Nunca me di cuenta de que no lo había cambiado.

No sé a quién incluyo en ese «queremos». Sospecho que lo sé.

No le pedí que me contara nada. No sé si eso fue prudencia o cobardía; sospecho que fue lo único honesto: lo que él haga con su ausencia no me pertenece. Puedo ofrecerle el lugar. No puedo pedirle que lo ocupe.

El mensaje está en su teléfono. No sé qué hará con él. Tampoco sé si el «perdóname» sirve de algo: le pedí perdón por un egoísmo que no es un crimen. Estaba sobreviviendo. Los dos estábamos sobreviviendo.

Pero pedir perdón fue lo único que se me ocurrió hacer con la vergüenza de haber tardado tanto en mirar hacia el lado.

Sharon no dejó un vacío.

Dejó uno distinto en cada persona que la amó.

Y ninguno de nosotros puede entrar en el del otro.

Esta mañana nos abrazamos en silencio.

Sigue siendo silencio.

Pero ahora los dos sabemos de qué.

Germán A. DeLaRosa Mi diario incompleto

Autor de la trilogía CorazónValiente

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