El duelo: un viaje entre amor y pérdida
Si soy honesto, el duelo no empezó el día que “entendí” lo que había pasado, sino aquella madrugada del 28 de septiembre en que sonó el teléfono y la enfermera nos dijo que Sharon había presentado un nuevo evento.
No era la primera vez que llamaban, pero esa vez el aire se sintió distinto, más denso, como si una parte de mí supiera lo que venía y al mismo tiempo se negara a escucharlo. Fuimos a acompañarla y ese día se volvió una especie de corredor estrecho: horas de espera, miradas cruzadas, silencios que pesaban más que cualquier palabra. Recuerdo la luz fría de la habitación, el sonido intermitente de los monitores y esa sensación absurda de estar presente y ausente al mismo tiempo. A las 8:19, Sharon murió… Lo escribo así, sin adornos, porque así se siente en la memoria: una hora precisa que rompe la línea del tiempo en dos.
La negación no llegó en forma de grito, sino como una niebla interna. Estaba allí, en la habitación, viendo los monitores apagarse, escuchando explicaciones médicas, firmando papeles… y, aun así, una parte de mí repetía por dentro: “No puede ser verdad. Algo tienen que hacer. Algo tiene que pasar”. El tiempo se volvió viscoso, las horas dejaron de tener forma, y lo que había sido claro hasta ese día se desarmó en mil pedazos. El amor que sentía por Sharon se mezcló con un vacío que no sabía por dónde agarrar. Lloraba por su cuerpo inmóvil, sí, pero también por todos los futuros que acababan de morir con ella… viajes, conversaciones, reconciliaciones imaginadas, días normales que ya no existirían.
A medida que pasaron los días, la realidad dejó de ser un rumor y empezó a instalarse en los objetos. Cada rincón de la casa decía su nombre sin decirlo. Una taza que todavía guardaba su gesto, una prenda tirada en un cajón, una canción que aparecía en la radio como si alguien la hubiera programado para torturarme. Me di cuenta de algo incómodo: el duelo no solo revela lo que perdimos; también desnuda lo vulnerables que somos cuando el mundo deja de obedecer nuestros planes. Y ahí, en esa intemperie, uno hace lo que puede… a veces con dignidad, a veces solo sobreviviendo.
En esos primeros meses, yo no pensaba en metáforas; apenas podía pensar. Mucho después llegó a mí la imagen de los gemelos en el vientre, preguntándose si hay vida después del parto. Hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo que el duelo se parece a ese útero que empieza a estrecharse. Lo que antes era casa se vuelve pasillo. Lo que era “para siempre” se resquebraja. Y uno, igual que esos gemelos, se queda agarrado a su propio cordón… la rutina, los hábitos, las pequeñas seguridades que se sienten indispensables, aunque ya no alcancen.
Con el tiempo descubrí que el amor que sentía por Sharon no había desaparecido con su cuerpo. Seguía ahí, pero en otro formato. Al principio era un dolor punzante, como si el corazón se hubiera quedado buscando un lugar donde apoyar la mano. Poco a poco, ese mismo amor empezó a manifestarse en recuerdos que no venían solo a golpear, sino también a sostener. Una risa vieja me arrancaba una sonrisa inesperada. Un gesto suyo aparecía en mí cuando hablaba con alguien. Era raro… la ausencia dolía, pero al mismo tiempo su presencia se volvía más sutil y más constante.
Un día, casi sin planearlo, empecé a armar un álbum de recuerdos. No fue un proyecto terapéutico perfecto; fue más bien un manotazo para no ahogarme. Fui recogiendo fotos, notas, pequeños objetos que habían sido “nada” mientras ella estaba viva y que ahora pesaban toneladas. Ese álbum se convirtió en un espacio concreto donde podía poner el amor y el dolor al mismo tiempo. No era un altar ni una reliquia; era un lugar donde decir: “Esto fue real. Esto sigue siendo importante”. Cada página me recordaba que mi historia con Sharon no había terminado del todo; solo había cambiado de forma.
También aprendí, a golpes, que la soledad es una mala consejera cuando uno está roto por dentro. Hubo días en los que no quería ver a nadie, en los que sentía que nadie iba a entender la magnitud de lo que se había ido. Pero cuando me animé a hablar, a contar lo que me estaba pasando sin adornos, empecé a notar algo… compartir no borraba el dolor, pero lo hacía menos asfixiante. Escuchar a otros que también habían perdido a alguien no me daba respuestas, pero me regalaba una sensación simple y poderosa… no soy el único en este lugar inhóspito.
Comunidad, en ese contexto, dejó de ser una palabra grande y abstracta. Se volvió gesto… un mensaje a deshora, una comida que alguien deja en la puerta, una llamada en la que nadie intenta arreglar nada, solo se queda. En más de una conversación, descubrí que el duelo no se soluciona, se acompaña. Y que a veces el acompañamiento es tan sencillo como no cambiar de tema cuando el que sufre nombra al que ya no está. No pedía soluciones; pedía permiso para seguir diciendo “Sharon” sin sentir que estaba incomodando la habitación.
Cuando escribí sobre los gemelos que dudan de la vida después del parto, entendí algo sobre mi propio miedo… yo también estaba convencido de que, si se cortaba cierto “cordón”, todo se acababa. En mi caso, el cordón era Sharon, pero también mi idea de control, mi manera antigua de entender el amor, mi forma infantil de creer que podía proteger a los míos de todo. El duelo fue, en parte, aceptar que el cordón se había cortado y que, aun así, yo seguía respirando. No mejor, no más fuerte… simplemente respirando de otra manera.
Con el paso del tiempo —y cuando digo tiempo no hablo de meses prolijos, sino de días caóticos, avances y retrocesos— entendí que sanar no era volver a ser el de antes. Ese “antes” ya no existe. Sanar, para mí, fue empezar… fue aprender a vivir de otra manera con lo que se rompió. Aceptar que el dolor iba a seguir ahí, pero que su forma podía cambiar. El duelo me enfrentó a mis límites, a mi necesidad de control, a la fantasía de que el amor nos protege de lo inevitable. Y, sin embargo, también me mostró una resiliencia que no sabía que tenía hasta que no me quedó otra.
Hoy no veo el duelo como una escalera con peldaños ordenados, sino como ese vientre que se aprieta y nos empuja hacia un lugar que todavía no entendemos. Hay días en que uno se aferra al líquido conocido, y otros en los que se anima a imaginar que quizá haya aire del otro lado. No sé si hay vida después de la muerte; no tengo pruebas para convencer a mi escéptico interno. Lo que sí sé es que, después de la muerte de Sharon, hubo otra forma de vida para mí. Y aunque a veces se siente injusta, otras veces se siente profundamente agradecida.
No tengo un cierre elegante para este tema. Solo puedo decir que… en mi experiencia, el duelo es un viaje entre amor y pérdida donde ambas cosas caminan juntas, a veces peleadas, a veces abrazadas. No se trata de elegir una y descartar la otra. Se trata de aprender a sostener la ausencia sin negar el amor, y a cuidar el amor sin negar la ausencia.
Ese equilibrio es frágil, inestable, humano. Y en ese punto exacto, entre lo que se fue y lo que queda, sigo aprendiendo a estar.
Germán A. DeLaRosa -Autor de la Serie CorazónValiente
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