Sobre la ausencia y el vacío que me ha dejado su partida

Querida Sharon

Escribirte es mi manera de sostenerme en este abismo de ausencia que dejaste. No sé si estas palabras viajarán hasta donde estás, pero sé que en cada letra se filtra el amor que sigue vivo, intacto, aunque duela su eco en el silencio de los días sin ti.

Desde que te fuiste, el tiempo se ha convertido en algo extraño. No transcurre de manera lineal, sino que se despliega en espirales donde un instante de ayer me arrastra con la misma fuerza que la realidad del presente. Me sorprendo aún esperando oír tu voz en las mañanas, como si el universo pudiera devolverme lo imposible. Pero el vacío no es solo la ausencia de tu presencia física; es el hueco de las palabras no dichas, de los gestos que quedaron suspendidos en el aire y de los proyectos que jamás llegamos a terminar.

La casa se ha convertido en un museo de recuerdos, donde cada objeto tiene una historia que susurra tu nombre. Tu taza de café sigue en su lugar, como si en cualquier momento fueras a entrar para llenarla. El espacio de la cama que compartíamos se ha vuelto demasiado grande, como si su tamaño real dependiera de ti. Y en los pasillos resuena el eco de nuestra risa, esa que ahora solo puedo reconstruir con la memoria.

Lo más difícil de la ausencia no es solo el hecho de que no estés, sino la certeza de que nunca volverás. Es la imposibilidad de llamarte cuando algo hermoso o terrible sucede. Es la ausencia de tu mano entrelazada con la mía cuando el mundo se vuelve demasiado pesado. Es saber que nadie más entenderá mis silencios de la manera en que tú lo hacías. Y, sobre todo, es esa sensación de caída libre, como si hubiera confiado en una silla para sentarme y al hacerlo descubriera que no hay nada allí, solo el vacío.

Me he preguntado tantas veces cómo llenar este abismo. Algunas personas dicen que con el tiempo se aprende a convivir con la pérdida, que el dolor se vuelve menos punzante, que un día se despierta y la vida vuelve a sentirse completa. Pero no es así. No se trata de reemplazar lo que se ha ido, sino de aprender a caminar con la herida abierta, de encontrar un sentido dentro del caos, de permitir que la ausencia se convierta en otra forma de presencia.

Algunas noches, cuando el insomnio me vence, me imagino hablándote como antes. Me digo a mí mismo que, de alguna manera, sigues aquí, en cada decisión que tomo, en cada paso que doy. Que el amor no muere con la partida, sino que se transforma en la fuerza que me impulsa a seguir. Me aferro a los recuerdos, no para quedarme en el pasado, sino para construir un puente entre lo que fuimos y lo que aún puedo ser sin ti.

Tu partida me ha enseñado más sobre la vida de lo que jamás imaginé. He aprendido que el dolor y el amor son inseparables, que la pérdida no significa olvido y que las huellas que dejamos en los demás son lo único que realmente nos sobrevive. Me aferro a tu legado, a las lecciones que compartimos, a la manera en que iluminaste mi existencia con tu valentía y tu ternura.

Sharon, si pudieras leer esta carta, te diría que te extraño con cada parte de mi ser, pero también te prometería que honraré nuestra historia viviendo con la misma intensidad con la que tú amabas la vida. Que no dejaré que la tristeza opaque la belleza de lo que compartimos. Que aunque haya días oscuros, encontraré maneras de convertir la ausencia en gratitud por todo lo que me diste.

Seguiré escribiéndote, porque en estas palabras siento que el hilo invisible que nos une no se ha roto. Porque mientras haya amor, nunca habrá un adiós definitivo.

Con todo mi amor, siempre mi Corazón Valiente

Germán A. DeLaRosa

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