Hoy Esteban cumple treinta y cuatro años.
Treinta y cuatro años desde ese antes y después que nos partió la vida en dos… el día en que nos convertimos en padres, el día en que Sharon se hizo madre por única vez, el día en que un “nosotros” empezó a tener nombre propio.
Esta mañana me desperté más tarde de lo habitual. No por pereza, sino por una visita.
Soñé con Sharon.
No con la Sharon enferma, frágil, postrada. No con la Sharon de los últimos exámenes ni con la Sharon rodeada de máquinas. Soñé con la Sharon que seguía caminando por la ciudad con su vestido rojo oscuro, esa prenda amplia y cómoda que usaba para ir a acupuntura y a sus citas médicas. Medio bata, medio vestido, medio armadura.
En el sueño yo estaba sentado en un patio con bancos de madera. El aire olía a espera… gente sentada, mirando al piso, revisando el teléfono, respirando hondo. Frente a mí, una puerta de vidrio y, detrás, un pasillo largo. Del lado izquierdo del pasillo, más bancos de madera, más personas esperando ser atendidas. Un consultorio que podría ser cualquiera y, al mismo tiempo, era todos los consultorios donde Sharon escribió su historia clínica.
Escuché una voz:
—Paciente de la doctora Sharon, le informo que ya va a ser atendida.
No sé si la voz era de una enfermera, de una recepcionista o de la misma vida. Solo sé que, apenas la escuché, sentí que algo iba a pasar detrás de ese vidrio.
Y entonces salió ella.
Radiante. Recién peinada, como cuando salía de un salón de belleza. Con la bata roja, sí, pero con una luz en el rostro que no tenía nada de hospital.
La vi moverse con una seguridad que hace tiempo no le veía ni siquiera en mis recuerdos. Caminaba con un pequeño brinco entre pasos, una alegría que le subía desde los pies hasta los ojos. Sus hermosos ojos verdes brillaban de una forma que todavía ahora, escribiendo esto, siento en el pecho.
Mi reacción fue física, casi infantil: salté de la silla. Quise correr hacia ella, abrazarla, decirle: “Hany, mira, estoy aquí”.
Pero, en el sueño, ella hizo un gesto de desagrado, o eso fue lo que yo sentí, y me ignoró.
Detrás del vidrio, del otro lado, estaban nuestro hijo, Xiomy y nuestro nieto. Los tres juntos. Como en esas fotos que yo hubiera querido que existieran en la vida real… madre, hijo, nuera, nieto, todos vivos en la misma escena.
En cuanto los vio, Sharon sonrió todavía más. Su rostro se abrió. Sus pasos se hicieron más rápidos. Pasó frente a mí y no se detuvo. Fue directamente hacia ellos. Se sentaron a hablar, se reían, y ella jugaba con su nieto y con sus dos hijos. Yo crucé al otro lado del vidrio, pero la escena ya era de ellos. Yo estaba y no estaba.
En la lógica de los consultorios, ella tenía pacientes esperando. En la lógica del sueño, tenía algo más urgente.
Me impresiona darme cuenta ahora de que Sharon no estaba allí para ser sanada, sino en el lugar de quien sana. El consultorio seguía existiendo, las personas seguían esperando, pero ella había elegido otra prioridad: sentarse a “atender” a lo que más quería, como si en ese banco de madera se jugara también una forma de cura para ellos y para mí.
—Hany, te están esperando para que atiendas a las personas —le dije, como si quisiera recordarle esa responsabilidad.
Ella me respondió, sin mirarme demasiado, con una simple frase:
—Que esperen. Yo estoy con lo que más quiero.
La escena se quedó congelada un segundo… Sharon con su bata roja, rodeada de los tres. Esteban, Xiomy, nuestro nieto. Risas. El brillo en sus ojos verdes. Ese pequeño salto en sus pasos.
Nuestro hijo le insistió, no recuerdo bien las palabras, quería entender por qué me ignoraba. Y yo, en el sueño, respondí algo que todavía me resuena despierto:
—Pipe, lo único que quiero es verla feliz.
Y ahí me desperté, con el corazón raro, lleno y roto a la vez.
Si tuviera que escoger una sola imagen de este sueño, no sería el gesto de desagrado ni el momento en que pasa de largo. Lo que se me quedó grabado en alta definición fue su bello rostro, su sonrisa, ese brinco entre pasos de alegría y sus ojos verdes brillando de felicidad.
Esa es la foto que me dejó el sueño. Una Sharon que ya casi no recordaba así, tan de vida, tan de antes, pero atravesada por el después.
Podría pasarme el día intentando interpretar el sueño, como si fuera un enigma espiritual: ¿por qué me ignoró?, ¿es un mensaje?, ¿quiere decirme algo?, ¿está molesta?, ¿ya no soy su prioridad?
Pero algo en mí sospecha que el sueño habla menos del “más allá” y más de mi “más adentro”.
Quizás mi mente hizo esto… tomó el cumpleaños de Esteban, tomó la bata roja, tomó tantos consultorios y tantas salas de espera, tomó mi miedo de haberla perdido y mi culpa por todo lo que no pude hacer… y armó esta escena donde ella parece estar ocupada con lo que más amaba: sus hijos, su nieto, su familia.
Y me dejó a mí en un lugar incómodo y verdadero: viendo la escena desde un poco más lejos, soportando no ser el centro, diciendo: “lo único que quiero es verla feliz”.
También podría leer el sueño como un ensayo de separación. En duelo, a veces necesitamos que la persona amada no nos mire, que se aleje un poco, que siga su camino, para que nosotros podamos seguir respirando. Es insoportable, pero es una forma de sobrevivir, imaginar que ella está bien, que está donde quiere estar, que está con quienes ama… aunque eso nos deje a nosotros al otro lado del vidrio.
No sé si es así. No quiero convertirlo en teoría. Prefiero quedarme con la crudeza de lo que sentí al despertar: una mezcla de paz y de punzada. Una gratitud extraña por haberla visto de nuevo tan hermosa, tan viva, tan ella… y, al mismo tiempo, la punzada de no haber recibido su mirada, de no haber estado en ese círculo íntimo del sueño.
Lo que sí sé es que hoy, en el cumpleaños de Esteban, la vida decidió regalarme esta imagen:
Sharon sale por una puerta de vidrio con su vestido rojo. La llaman para que atienda a sus pacientes, pero ella se permite desobedecer la agenda. No corre hacia el consultorio. Corre hacia la vida. Se sienta con su hijo, su nuera, su nieto. Ríe, juega, se demora. Mira a lo que más quiere.
Y yo, que siempre quise ser parte de ese “lo que más quiero”, hoy puedo escribir —con dolor, pero también con una cierta calma rara— que si ella es feliz así, aunque sea en un sueño, aunque sea sin mirarme, me basta sostener esa imagen.
Tal vez nunca sepa por qué me ignoró en esa escena. Tal vez la pregunta esté mal formulada. Quizás no sea: “¿por qué me ignoró?”, sino: “¿qué parte de mí necesitaba verla feliz aunque yo quedara en la sombra?”.
Mi diario incompleto se llena de estas cosas… pedazos de sueños, frases sueltas, escenas que no cierran, preguntas que no responden a nada. Hoy le sumo una más:
Hany, si este sueño fue una visita, gracias por venir con esa sonrisa. Si fue solo mi mente, gracias igual por regalarme tus ojos verdes en movimiento. Aunque no me hayas mirado, yo te vi. Y, de momento, con eso vivo.
Germán A. DeLaRosa -Autor de la Serie CorazónValiente

En el sueño ella no te ignora por falta de amor, sino porque te está diciendo que ya no necesitas cuidarla a ella. Te está señalando dónde dejó su corazón y dónde está su espíritu: en su hijo, su nieto y su nuera. Es como si te dijera que, si estuviera viva, estaría concentrada en ellos, y que ahora tu atención y tu cuidado deben estar ahí.
Leydi, gracias por leer con tanta atención y por regalarme esta mirada…
Gracias por ayudarme a mirar el sueño también desde ese lugar. A veces necesito que otros ojos me presten un poco de interpretación cuando los míos siguen nublados por el duelo.