Pregunta a Dios en el Silencio
Si a estas alturas de la historia pudiera quedarme con una sola pregunta, sería esta:
¿Era este el único modo en que podía aprender a amar sin condiciones… o solo el único que yo era capaz de entender?
Si pudiera hacérsela a Dios —si Dios existe, si escucha, si le importa lo que un alma rota tiene que decir—, no elegiría otra. No le preguntaría por qué hay sufrimiento en el mundo. No le preguntaría por qué mueren los niños, por qué se desmorona el amor, por qué la injusticia parece tener siempre la última palabra.
Esas preguntas ya las he hecho mil veces al vacío, a la almohada, a mi propia imagen en el espejo a las tres de la madrugada. Y el vacío nunca responde, o quizá responde con un eco tan profundo que no alcanzo a descifrarlo.
No sé si Dios existe… Hay mañanas en que lo intuyo en la forma en que la luz se cuela por las cortinas y cae justo sobre la taza de café, como si alguien hubiera calculado ese ángulo. Y hay días en que su ausencia es tan sólida que podría apoyarme en ella, como en una pared fría.
Hay preguntas que no existen para ser contestadas, sino para ponerle un borde al silencio que queda cuando todo lo demás se ha caído. Esta es una de ellas.
No la formulo esperando una respuesta brillante que me cuadre la biografía, ni una explicación que convierta mi dolor en un proyecto pedagógico. La formulo porque, si no la digo, la siento adentro como una piedra suelta golpeando las costillas.
Cuando digo “amar sin condiciones”, no hablo de frases bordadas ni de promesas en bodas. Hablo de algo que se parece más a una guardia nocturna que a una foto bonita.
Pienso, por ejemplo, en una de las últimas noches en el hospital. La habitación estaba medio a oscuras porque la enfermera dejó la luz del pasillo encendida, y se colaba una franja amarilla por debajo de la puerta. Ella dormía a ratos, conectada a demasiadas cosas. Yo me senté en la silla de siempre, la que ya tenía la forma exacta de mi cansancio, y me quedé mirándole la respiración, como si pudiera memorizar ese ritmo y guardarlo por si acaso.
No estaba haciendo nada heroico. Tampoco estaba aceptando nada con serenidad mística. Estaba ahí porque no podía estar en ningún otro lugar. Porque amar, en esa escena, era no huir. Era soportar el zumbido de las máquinas, el olor a desinfectante, el miedo en la boca del estómago. Era saber que probablemente no habría milagro y, aun así, seguir sosteniéndole la mano.
Si eso se parece al amor sin condiciones, entonces lo aprendí así: entre ruidos de monitores y la sospecha constante de que no iba a terminar bien.
Por eso mi pregunta: ¿de verdad tenía que doler tanto?
Siempre me ha incomodado esa devoción por el sufrimiento como maestro.
“El dolor te hará más fuerte”.
“Las pruebas son para los escogidos”.
“La noche oscura del alma”.
Frases así se escuchan muy profundas cuando se las dices a otros, sobre todo si uno está cómodo, con café en mano y la vida más o menos en orden. Pero en la cama del hospital, o en la casa vacía después, suenan huecas. Como si alguien hubiera pegado un adhesivo espiritual sobre una fractura abierta.
Yo me pregunto, con una mezcla rara de rabia y curiosidad: ¿no había otra forma?
¿No podía haber aprendido lo mismo desde la alegría, desde la plenitud sostenida, desde el milagro de que todo saliera bien? ¿O es que yo estaba tan blindado, tan convencido de mis pequeñas seguridades, que solo el golpe podía agrietar esa coraza?
Ahí entra la segunda parte de la pregunta, la que de verdad me muerde:
“…o solo el único que yo era capaz de entender”.
Porque eso abre otra posibilidad incómoda… que sí hubiera otros modos, pero que yo estuviera distraído, ensimismado, ocupado en otras cosas. Que la vida me hablara en susurros desde hace años, y yo solo reaccionara cuando ya me estaba gritando a la cara.
No sé si eso me hace más culpable o más humano.
He ido descubriendo que el amor incondicional no aparece como una luz que se enciende, sino como algo que se va desenterrando. Debajo de las expectativas, del “si yo hago esto, tú haces aquello”, del miedo a que nos dejen, del deseo de controlar hasta la respiración del otro.
Esta pérdida fue una excavación. Cada vez que Sharon ya no podía ser la que había sido, se caía una capa en mí. Cada vez que la vida me obligó a soltar un poco más de lo que soñábamos juntos, mis manos quedaron un poco más vacías… y, paradójicamente, un poco más disponibles para amar como la amé a ella.
Pero duele. No hay forma bonita de decirlo.
A veces me pregunto si este dolor es un peaje indispensable para llegar a esa forma de amar, o si es simplemente el costo de mi torpeza para aprender. Si hubiera sido más lúcido, más atento, ¿habría podido llegar a lo mismo sin haberme roto tanto por dentro? No lo sé.
Pienso en gente que parece amar con una facilidad que a mí me costó años de golpes. Tal vez también están rotos y no lo cuentan. Tal vez nadie se salva de esta escuela. O tal vez hay gente que sí aprende por las buenas, y yo no estaba en esa lista.
Si Dios existe, su manera de enseñar es, como mínimo, brutal. Al menos, vista desde aquí.
No hablo del Dios funcionario, el que se sienta a registrar méritos y deméritos. Hablo de algo más impreciso… esa fuerza que sostiene lo que todavía no se ha caído, el misterio que está detrás de las casualidades que parecen demasiado exactas para ser accidentes, o de los golpes que llegan con una precisión sospechosa.
Si eso es Dios, entonces es tanto amor como silencio. Tanta ternura como aparente indiferencia.
Y yo quiero preguntarle con una honestidad que da un poco de vergüenza:
¿Era esta la única manera? ¿O tú también estás improvisando?
Porque, a veces, me asalta la imagen de un Dios que no lo controla todo, al que también se le escapan cosas, que también está aprendiendo algo en este proceso. No lo digo como teoría; no me interesa construir una doctrina nueva. Lo pienso como quien habla solo en voz baja, en la cocina, mientras lava un plato y de repente se queda mirando un punto fijo.
Un Dios que también se equivoca me resulta menos ofensivo que uno que lo decide todo fríamente. Un Dios que no sabe del todo qué hacer con el dolor del mundo, pero se queda, de alguna manera, en medio del desastre.
Si fuera así —si fuera—, entonces no soy solo el alumno torpe. Seríamos dos aprendices a oscuras.
He descubierto algo que me cuesta aceptar: el amor no se muere cuando la persona se va.
Creí que sí. Que el día en que todo terminó, junto con la respiración se apagaría también todo lo demás. Pero no.
El amor se quedó. Se quedó en los gestos automáticos, como voltear a decir algo y recordar, a mitad de giro, que ya no está. Se quedó en la necesidad de contarle una noticia y toparme con la pared. Se quedó en el cuerpo, en la forma en que todavía reviso el teléfono a ciertas horas, como si su mensaje pudiera llegar desde una parte del tiempo donde nada de esto hubiera pasado.
Y se quedó también en cosas más suaves: en el modo en que ahora escucho a quienes amo, con un poco menos de prisa; en la conciencia de que cada conversación podría ser la última sin que nadie lo sepa.
Aprendí, también, que se puede seguir amando a alguien con quien ya no tienes trato, y ese amor no desaparece por falta de “uso”. Que a veces amar es soltar el intento de salvar al otro de sí mismo. O aceptar que no va a cambiar. O irte tú, pero no llevarte el odio.
Estas cosas no llegaron en talleres ni en libros. Llegaron envueltas en noches de insomnio, en discusiones que no terminaron bien, en despedidas a medias, en mensajes que nunca envié. Llegaron como olas que no pedí.
Y, claro, ahí vuelve la pregunta, testaruda: ¿era necesario todo esto? ¿O yo simplemente no supe aprender de otra manera?
La casa, después, es otro tipo de hospital: uno donde los pacientes son los objetos.
La cama de ella sigue teniendo una marca invisible. Hay una taza que casi no uso porque era la que ella elegía siempre. A veces dejo su lado del clóset entreabierto, como si el aire necesitara circular para que nada se termine de ir del todo.
En esos pequeños rituales sin lógica también hay una forma de amor sin condiciones: seguir cuidando lo que ya no está. No lo digo con orgullo; no tiene nada de sublime. Es, más bien, lo que me sale hacer para que el vacío no se desborde.
Son esos detalles mínimos los que me impiden convertir toda esta historia en un discurso bonito sobre el crecimiento. Cuando la gente habla del dolor como “maestro”, yo pienso en la silla del hospital, en la taza intacta, en el hueco del lado derecho de la cama. Y algo en mí se resiste a ponerle medallas a eso.
Hay preguntas que no existen para ser contestadas, pero ayudan a ordenar el silencio que queda cuando todo lo demás se ha caído.
Esta, la que le haría a Dios, me sirve para eso. No me explica nada. Pero le da un borde al caos.
La repito por dentro como quien le pasa un paño a una mesa llena de migas. No deja la superficie impecable, pero al menos me permite apoyar los codos sin llenarme de restos.
Si un día resulta que Dios no existe, la pregunta seguirá teniendo sentido, solo que dirigida hacia otro lugar: hacia mi propia incapacidad de aprender mientras todo iba bien, hacia mi tendencia a despertarme solo cuando algo se rompe.
Si un día resulta que sí existe y, de alguna manera que no sé imaginar, llegamos a encontrarnos, no pienso acercarme con un expediente bajo el brazo. Llevaré solo esto: mira lo que quedó de mí después de todo. No sé si era el único camino posible, no sé si tú lo decidiste así o yo lo fui deformando con mis miedos. Lo único que sé es que, de alguna manera torcida, aprendí a amar un poco más hondo. No mejor, no más puro, no más santo. Solo más consciente de que nada está garantizado.
Y entonces, tal vez, me atreveré a preguntar, casi en voz baja:
¿Era este el único modo… o solo el único que yo era capaz de entender?
No espero una respuesta. Tal vez haya silencio. Y quizá, para entonces, ese silencio ya no duela tanto como ahora, o duela distinto.
Por ahora, aquí, lo único que puedo hacer es seguir viviendo con la pregunta entre los dientes, dejando que le ponga algo de orden al ruido interno, y aceptando que, a veces, eso es lo máximo a lo que uno puede aspirar: no entender, no justificar, no convertir el dolor en enseñanza ejemplar, solo sostener la pregunta y aprender a respirar dentro de ese silencio que queda cuando todo lo demás se ha caído.
Germán A. DeLaRosa -Autor de la Serie CorazónValiente
