Chaqueta de cuero negra olvidada sobre asientos vacíos en sala de espera de aeropuerto. Silueta de un viajero solo contempla un avión despegando al atardecer.

La chaqueta en la van

Mi diario incompleto · Sábado

Escribo desde el Aeropuerto de Las Américas.

Sábado por la tarde. La luz que entra por los ventanales tiene esa calidad cansada del Caribe en mayo, como si el sol también supiera que se acerca el final de algo.

Faltan dos horas para abordar.

Hace unas semanas escribí que el regreso no tenía fecha todavía… Que tenía peso, tenía forma, pero no fecha.

Hoy la tiene.

La presión interna se convirtió en pasaporte y boarding pass. La cercanía se convirtió en maleta. Lo que se movía adentro empezó a moverse afuera.

Vamos cuatro. Esteban, mi hijo. Xiomy, su esposa. Elishay, mi nieto. Y yo.

Cuatro pasaportes. No cinco.

Es la primera vez que cuento así.

El último filtro

Llegamos al aeropuerto y Esteban se dio cuenta de que su chaqueta se había quedado en la van. No es grave. Está en Santo Domingo. Volverá a la casa. No hubo que cancelar nada, no hubo que pagar nada, no hubo que reorganizar el día.

Pero algo se reorganizó dentro de mí.

Sharon siempre verificaba que todo estuviera. Era su parte de la coreografía. Yo me encargaba de los documentos —pasaportes, boletos, tarjetas, lo que el Estado necesita ver para dejarte pasar—. Ella se encargaba de lo otro. De las cosas que uno carga sin pensar. De la chaqueta. Del cargador. Del medicamento. De la botella de agua. De los zapatos cómodos en el bolso de mano.

Una división tan natural que nunca la nombramos.

Esta vez son Esteban y Xiomy quienes verifican. Lo hacen bien. Lo hacen con cuidado… Lo hacen con la atención de dos padres jóvenes que cargan a su hijo pequeño y todavía tienen que pensar en pañales, en una mantita por si se enfría, en juguetes para tres tramos de vuelo.

Pero la chaqueta se quedó en la van.

No es culpa de ellos, ni de nadie… Es la prueba —pequeña, banal, casi cómica— de que ella era el último filtro. La que repasaba al final, cuando todos los demás ya habíamos cerrado la maleta. La que decía, justo antes de salir… Espérate, ¿llevas…?

Esa última pregunta ya no la hace nadie.

Hicimos la facturación hace media hora.

La agente del mostrador pasó los pasaportes uno por uno. Esteban. Xiomy. Elishay. Yo.

Cuatro nombres. Cuatro asientos.

Antes éramos dos en estos trámites, casi siempre. Y el conteo, aunque fuera de dos, era nosotros en plural completo. Hoy soy yo en singular dentro de un plural familiar.

Eso es distinto.

No quiero exagerar el peso de un trámite. Una facturación no es un funeral. Una maleta facturada no es un duelo. Pero hay algo que el cuerpo registra cuando los gestos antiguos se hacen sin la persona con quien los hacíamos. El cuerpo no llora en esos momentos. Solo nota.

Toma el boarding pass. Lee el número de asiento. Camina hacia migración.

Y por dentro, en algún lugar que no se ve, algo se descuadra un grado.

El asiento

Mi asiento es de pasillo. Siempre lo pido así, por las rodillas. Necesito poder estirarme, levantarme, caminar cuando el cuerpo se cansa de estar quieto.

A mi lado, hacia la ventana, va a haber alguien.

No sé quién.

Antes lo sabía siempre… Antes era ella.

A ella le gustaba la ventana. Las luces de las ciudades al despegar y al aterrizar, los amaneceres en el aire, las nubes desde arriba. Yo el pasillo, ella la ventana. Otra coreografía pequeña que armamos sin nombrarla.

Eso es lo que cambia.

No es que el asiento esté vacío. Es que el asiento a mi lado dejó de ser una pregunta resuelta de antemano. Ahora puede ser cualquiera. Una desconocida. Un hombre que ronca. Una madre con un bebé. Un ejecutivo con laptop.

Cualquier persona menos la única.

Voy a pasar las próximas horas con el codo apoyado en un brazo de asiento que no tiene a quién pertenecer. Voy a despertarme en algún momento del vuelo y voy a buscar, sin pensarlo, con la inercia del cuerpo, una mano que no está. La voy a buscar tres veces antes de que la mente reaccione. Quizás cuatro.

Eso ya lo sé. No es un descubrimiento. Es una rutina nueva que estoy aprendiendo a tener.

Hay una memoria que vive en los aeropuertos.

No es la memoria explícita. No es nombrable. Es la del cuerpo que reconoce los lugares por los que pasó con alguien, aunque ese alguien ya no esté pasando.

El olor del aire acondicionado. La textura de los carritos del equipaje. El sonido de los anuncios en dos idiomas. La forma en que la luz cae sobre el piso pulido a las cinco de la tarde.

Mi cuerpo sabe que estos aeropuertos los hicimos juntos. Lo sabe sin que yo se lo recuerde. Lo sabe aunque yo intente no pensarlo.

Y lo sabe especialmente hoy, porque la ruta es esta —Santo Domingo, Miami, Tel Aviv—, y porque la última vez que estuve en un avión que despegó hacia o desde Ben Gurion, ella iba conmigo.

No voy a contar cómo era aquel vuelo. Pertenece a otro tiempo. Pero el cuerpo, que no respeta el tiempo, va a recordarlo igual… Va a recordarlo en el counter cuando aún era de dos. Va a recordarlo en el asiento al despegar. Va a recordarlo cuando pase la tripulante con la primera bandeja y yo automáticamente reciba la mía sin recibir la otra. Va a recordarlo todo el camino.

Miami

Aterrizamos en Miami hace cuarenta minutos.

Escribo desde una de esas mesas de los aeropuertos internacionales, con la batería del teléfono bajando y un café que ya está frío. Faltan varias horas para el próximo vuelo. Vamos a comer algo, vamos a caminar para que Elishay no se canse antes del tramo largo, vamos a fingir que estamos descansando.

Pero no estamos descansando.

Estamos en un corredor. Eso es lo que es una escala. Un lugar entre lugares. Una identidad entre identidades. Salimos de un país y todavía no entramos al otro. Estamos en un limbo geográfico —terminal de tránsito, Miami International— que técnicamente no es ningún espacio.

A mí me parece que esto es lo que es ser viudo en tránsito.

Una escala que no termina.

Los tres

Esteban se durmió un rato en una de las sillas. Xiomy carga a Elishay, que se distrae con todo: las pantallas, la gente, los anuncios—. Yo los miro y pienso una cosa que no había pensado hasta ahora.

Yo no voy solo.

Esto no es viajar solo después de la pérdida. Esto es viajar con la familia que ella y yo formamos. Con el hijo que soñamos y tuvimos juntos. El que llegó a Israel con catorce años y vuelve hoy como padre. Con la mujer que él eligió y que se volvió la hija que nunca tuvimos y deseamos. Con ese nieto bello que vino después y que ella alcanzó a abrazar y a disfrutar.

Sharon no está en el asiento a mi lado. Pero está en estos tres amores que vienen conmigo.

No es lo mismo que ella. No lo voy a decir… Sería una mentira piadosa de las que mi escritura no admite.

Pero tampoco es ir solo.

Es una compañía oblicua… Indirecta. Cargada de su ausencia y de su huella al mismo tiempo. Una compañía que existe porque ella existió, no a pesar de que ya no esté.

La segunda ola

Hay una segunda ola del duelo que no llega el día del entierro ni en las primeras semanas. Llega después, cuando la casa ya aprendió a estar quieta y uno cree, con cierta ingenuidad, que ya identificó los lugares principales de la ausencia.

Entonces aparece otro tipo de falta.

No la de la cama. No la de la silla del comedor. No la del cepillo de dientes. Esa ya se había mostrado con una brutalidad casi obvia. Me refiero a las funciones invisibles, a las pequeñas tareas que sostenían la vida sin pedir reconocimiento. La persona que recordaba lo que faltaba. La que hacía la última pregunta antes de salir. La que veía el hueco que nadie más veía porque todos creíamos que la maleta ya estaba cerrada.

Hoy fue una chaqueta.

No pasó nada grave. Esa es la parte desconcertante. El mundo no se alteró. El vuelo siguió en pie. La chaqueta volverá a la casa. Nadie perdió un documento, nadie perdió una conexión, nadie perdió nada irreversible.

Y… sin embargo, algo quedó señalado.

Porque cuando la persona que se fue era también un sistema de cuidado, su ausencia no aparece completa de una vez. Va apareciendo por turnos. Hoy falta en la chaqueta. Otro día faltará en una llamada difícil. Otro día, en una medicina que nadie recordó comprar… Otro día, en una frase que ella habría dicho para ordenar el caos sin levantar la voz.

No se reemplaza un sistema así… Se aprende a vivir con sus fallas.

Y al principio se vive mal, con torpeza, con huecos que parecen pequeños hasta que uno entiende que por ahí también se cuela la ausencia.

Como hoy.

Con la chaqueta de Esteban en la van.

En tránsito

Ya casi es hora del segundo vuelo.

Doce horas hasta Tel Aviv. Elishay va a dormir buena parte. Esteban también. Xiomy va a estar pendiente del niño, como hace siempre.

Y yo voy a ir en el pasillo, como siempre. El asiento de al lado, el de la ventana, va a tener otra persona.

Lo que importa es que ese asiento dejó de ser de dos.

Y que aun así, a pesar de eso, voy en camino.

Israel se acerca.

Todavía no estoy ahí. Todavía no he aterrizado… Todavía no he pisado la tierra donde aprendimos hebreo, donde Esteban se formó, donde la familia se nos volvió hogar.

Todavía estoy en el aire que media entre dos tierras.

En el corredor.

En la escala… En tránsito.

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