Dios está ocupado… O soy yo que ya no sabe escucharlo

Dios está ocupado…

O soy yo que ya no sabe escucharlo.

La frase me alcanzó en Israel, antes de llegar a Jerusalén. No sé si la leí en alguna parte, si la escuché de alguien, o si simplemente se formó dentro de mí después de tantos meses hablándole al silencio. No la tomé como una blasfemia. Tampoco como una verdad. La dejé ahí, suspendida, porque hay pensamientos que uno no acepta del todo, pero tampoco puede devolver.

Después seguí viajando. Vi calles, piedras, soldados jóvenes, familias apuradas, turistas con mapas, gente rezando con una naturalidad que yo ya no sabía si conservaba. Y la frase siguió conmigo, sin explicarse, un paso detrás de mí todo el camino, como esas preguntas que no interrumpen la marcha, pero tampoco permiten que uno camine del todo en paz.

Antes de llegar al Kotel, pasamos por la ciudad donde está enterrado mi padre, esa misma ciudad que nos recibió en 2006. Fuimos a visitarlo, a honrar su memoria. No era una parada turística ni una escala añadida al itinerario. Era otra forma de llegar a Jerusalén… pasar primero por la tierra donde descansa quien me dio origen, detenerme ante su tumba y reconocer que uno no llega nunca solo a los lugares sagrados. Llega con los vivos, pero también con los muertos que le pertenecen.

Hay cementerios que no hacen ruido. No necesitan hacerlo. Basta caminar entre las lápidas para que el cuerpo entienda que ha entrado en un lugar donde las palabras sobran o llegan tarde. Me detuve frente a la tumba de mi padre con una mezcla difícil de ordenar: Israel, la tierra, el idioma, mi hijo, mi nieto, Sharon ausente, yo todavía aprendiendo a vivir después de ella. Todo estaba allí, reunido de una manera silenciosa, casi imposible de explicar sin empobrecerlo.

Honrar a un padre muerto antes de ir al Muro tiene algo de regreso y de despedida al mismo tiempo. Uno cree que va hacia un lugar sagrado, pero el camino también va haciendo sus propias estaciones. Ramla fue una de ellas. Antes de apoyar la mano sobre una piedra milenaria, apoyé la memoria sobre una tumba familiar. Antes de preguntarle algo a Dios en Jerusalén, estuve frente al silencio de mi padre.

Quizás por eso llegué al Kotel con más silencio del que traía. No solo el de Sharon. También el de mi linaje. El de los hombres que se van quedando atrás y, sin embargo, siguen caminando dentro de uno.

Se llega bajando. Primero un control de seguridad, después un puente corto, y de pronto el suelo se abre en una plaza de piedra clara que no termina de prepararte para lo que sigue: el muro, más alto y más antiguo de lo que cualquier foto logra transmitir. La luz de la tarde le caía encima, dorada, casi física. Hacía calor, ese calor de Jerusalén que no agobia, solo se instala, como si la ciudad entera llevara siglos acostumbrándose a él.

Llegamos tres generaciones: Esteban, Xiomy, Elishay y yo. Xiomy se quedó del lado de las mujeres, en su propia fila, frente a su propia piedra. El lugar más sagrado que conozco también separa. No hace excepciones por duelo. No hace excepciones por familia. Ahí, incluso estando juntos, ya estábamos partidos en dos.

Sharon no tenía lado.

No tenía fila.

No tenía piedra frente a la cual pararse.

Esa fue la primera verdad del día. Antes de cualquier oración, antes de apoyar la mano sobre la piedra, antes de entender qué hacía yo allí, frente a uno de los lugares más antiguos de la fe, con una ausencia tan reciente en el cuerpo. Estuve rodeado de familia, pero viajé solo a los lugares donde antes éramos dos.

Estuve rodeado de familia, pero viajé solo a los lugares donde antes éramos dos.

Esa frase no fue a ningún papel ese día. La escribo ahora, aquí, porque es lo único honesto que puedo ofrecer. Los papeles decían otra cosa. Antes de acercarnos, escribí dos: uno para mi familia y otro para mí. El primero lo doblé, lo apreté entre los dedos y lo empujé en una rendija hasta donde me alcanzó el dedo, entre miles de papeles ajenos, con miles de ruegos que nunca voy a conocer.

El otro era para mí, pero ese no lo introduje. Lo tuve en la mano todo el tiempo que estuve ahí parado. No sé explicar bien por qué. Quizás porque un papel entre las piedras necesita creer que alguien del otro lado lo va a levantar, y yo, ese día, no estaba seguro de creer eso. Metí el de mi familia porque mi familia sí lo cree, o lo necesita, o las dos cosas. El mío se quedó conmigo. No lo rompí. No lo leí de nuevo. Simplemente no crucé esa distancia final de la mano a la piedra.

A veces la fe no se pierde en una declaración. A veces se queda detenida a pocos centímetros de una rendija.

Estuvimos casi treinta y cinco minutos ahí, de pie. No fue un instante, ni una foto rápida, ni un momento sagrado empacado para el recuerdo. Fue una permanencia. La piedra, de cerca, no es lisa. Tiene musgo creciendo entre las juntas, hierbas diminutas que nadie sembró, marcas que no se cuentan en años sino en siglos. La toqué. Estaba más fría de lo que esperaba, incluso después de tantas horas de sol.

Retiré la mano y la volví a apoyar, como si en el segundo intento fuera a sentir algo distinto. No cambió nada. Manos que ya no existen tocaron esa misma piedra, y la piedra las sobrevivió a todas, sin guardar registro visible de ninguna. Eso también pesa, aunque uno no sepa nombrarlo del todo.

Conozco esta tierra. La caminé durante años. La hablé en su idioma. Otras veces me bastaba llegar para que el lugar me dijera algo. Esta vez la piedra estaba ahí, y yo estaba ahí, y entre los dos no pasó nada que yo supiera oír. No era el lugar el que había enmudecido. Era yo el que había perdido el oído con que antes lo escuchaba.

El cuerpo se cansa de estar de pie. Las piernas empiezan a pedir silla. La espalda recuerda su edad. Y aun así, ninguno de nosotros se movió antes de tiempo. Treinta y cinco minutos es mucho tiempo para estar callado frente a una pared. Es mucho tiempo para que el silencio deje de ser incómodo y se vuelva otra cosa.

Al principio uno espera que pase algo: una señal, un peso distinto en el pecho, una claridad que no llega pedida pero que uno secretamente sigue esperando. Después, el silencio se instala. Deja de ser la antesala de una respuesta. Empieza a ser la respuesta, aunque no explique nada.

Pensé en otros silencios que he cargado: el de la tumba de mi padre, esa misma jornada; el de la sala de espera, meses atrás; el de la casa, después; el de la cama, todavía. Ninguno se parecía exactamente a este, y sin embargo todos parecían tocarse por debajo. Los otros silencios tenían la forma exacta de lo que faltaba: una voz, unos pasos, una respiración a mi lado, una conversación que ya no podría retomarse.

Este silencio no tenía forma de nadie en particular. Era más grande que Sharon, más grande que mi padre, más grande que yo, más grande que cualquier ausencia concreta. Y aun así, en medio de esa inmensidad, lo único que yo alcanzaba a sentir con precisión era su falta… La de ella. Porque hay ausencias antiguas que uno aprende a llevar de cierta manera, y hay ausencias recientes que todavía no saben dónde ponerse dentro del cuerpo.

Fue ahí donde entendí que no eran silencios distintos: el del cementerio, donde mi padre ya no podía decir nada; el del lugar, que ya no me hablaba; el de Sharon, que no iba a volver a hablarme; el de Dios, que quizás nunca habló como yo creía. Cuatro silencios que descubrí siendo uno solo. No es que el mundo callara. Es que algo en mí había dejado de oír en todas las direcciones al mismo tiempo.

Ahí, con la piedra fría bajo la mano, le hice a Dios las preguntas que me hago a las tres de la mañana. No las voy a repetir aquí. Ya las escribí en otro sitio, en otros libros, con otras palabras, y no quiero gastarlas de nuevo como si repetirlas les diera más peso. El lector que ha seguido esta historia ya las conoce, aunque no las nombre. Sabe cuáles son. Quizás también trae las suyas.

Se las hice ahí, a esa hora de la tarde, en el lugar donde más personas en la historia le han hecho preguntas a Dios. No tuve una respuesta. No es una queja. Es un hecho. El Kotel no me devolvió respuestas. Me devolvió la magnitud de mi pregunta.

Y a esa magnitud vino a alcanzarme, por fin, la frase que había caminado conmigo desde Tel Aviv.

Dios está ocupado.

O quizás soy yo quien ya no sabe escucharlo.

Frente a la piedra la entendí distinto. Comprendí que esa frase nunca había estado preguntando solo por Dios. Estaba preguntando por mí. Por lo que quedaba de mi fe después de Sharon. Por lo que todavía era capaz de agradecer. Por lo que ya no sabía pedir. Por la forma en que uno sigue hablando hacia arriba cuando abajo ya ha dejado demasiados cuerpos queridos.

Y entonces se abrió en un pensamiento que no pedí y que no supe si aceptar. Pensé que tal vez Dios está en un descanso eterno. Que no oye, no ve, no habla; no de la forma en que yo llevo toda mi vida esperando que oiga, vea y hable. No como un padre que responde. No como un juez que resuelve. No como alguien que interrumpe la tragedia antes de que sea tarde.

Tal vez simplemente descansa, y ese descanso no tiene fin, y lo que yo llamo silencio de Dios no es ausencia ni castigo ni indiferencia. Tal vez es que Él ya no está en el turno de escuchar.

No sé si lo creo. Lo pensé ahí, con la piedra fría todavía bajo la palma, y lo dejé pasar sin aferrarme a la idea ni rechazarla del todo. No fue un consuelo. Fue apenas una posibilidad cruzándome por dentro, como cruzan tantas cosas cuando uno lleva demasiado tiempo de pie frente a algo más grande y más callado que uno.

No resolvió nada.

Ahí seguía yo. Ahí seguía el muro. Ahí seguía mi padre, en Ramla. Ahí seguía ella, faltando.

Antes de irnos, hicimos lo que se hace en ese lugar: caminamos hacia atrás, siete pasos, sin darle la espalda a la piedra. Nunca se le da la espalda al Muro. Yo tampoco se la di, aunque no hubiera recibido respuesta. Tal vez eso era lo único que todavía quedaba de mi fe: no saber si alguien escuchaba, y aun así no atreverme del todo a darle la espalda a lo sagrado.

Siete pasos hacia atrás. Los conté sin proponérmelo. Y mientras retrocedía, agradecí… Agradecí como siempre lo he hecho, incluso cuando no estoy seguro de si hay alguien recibiendo el agradecimiento. Así yo no lo escuchara, me imaginé que de pronto Él sí lo haría. No fue fe. No fue tampoco incredulidad completa.

Fue el gesto sostenido a pesar de la duda: agradecer sin garantía de que el agradecimiento llegue a ningún lado, porque no agradecer tampoco resolvía nada, y porque algo en mí necesitaba hacerlo de todas formas. Agradecí por mi padre, por haber podido visitar su tumba en esta tierra. Agradecí por Esteban, por Elishay, por Xiomy. Agradecí por Sharon, aunque nombrarla doliera.

No agradecí porque todo estuviera bien. No agradecí porque hubiera entendido. Agradecí como quien sostiene una contradicción con las dos manos y no pretende cerrarla. Sin testigo necesario más que yo mismo, caminando hacia atrás con los ojos húmedos y las piernas cansadas.

Nos alejamos los cuatro: Esteban, Elishay, Xiomy y yo. El papel de mi familia se quedó atrás, entre miles de otros papeles. El mío volvió conmigo a Santo Domingo, en un bolsillo… sin abrir.

Y quizás ahí terminó realmente este viaje. No en una respuesta, no en una señal, no en una paz repentina que ordenara lo que venía roto desde antes de subir al avión. Terminó así… después de visitar a mi padre, después de tocar el Muro, después de caminar de espaldas a la piedra, después de agradecer sin certeza.

Israel no me devolvió lo que vine buscando. Tampoco me dejó vacío. Me dejó una imagen… tres generaciones caminando conmigo, una tumba honrada en Ramla, una mujer amada ausente de toda fila, un papel sin entregar en el bolsillo y una piedra antigua guardando lo que yo no supe decir.

Tal vez eso fue todo. Tal vez eso era suficiente para cerrar el viaje sin cerrarme a mí.

Este sigue.

Solo silencio.

Solo sin ella.

Rodeado de familia.

Pero sin ella.

Germán A. DeLaRosa · Mi diario incompleto

Autor de la trilogía CorazónValiente.

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