La ciudad que nos vio partir... Salimos de Harish de madrugada.

La ciudad que nos vio partir

Salimos de Harish de madrugada.

Era el 21 de agosto de 2023. Sharon revisó los documentos por enésima vez antes de cerrar la puerta del apartamento, sin saber ninguno de los dos si aquello era un hasta luego o un adiós. Esa salida ya la conté en Abrazando la Finitud. Lo que nunca había contado es el regreso.

Porque no había regreso que contar.

Durante casi tres años escribí que Israel era la casa a la que no regresamos. Lo escribí convencido de que esa frase iba a quedarse quieta, instalada en su sitio como una lápida más. Pero las frases también envejecen… En mayo, volví a Harish.

La ciudad apareció por la ventana sin anunciarse, como aparecen las ciudades que uno se sabe de memoria. No hizo nada especial al recibirme. El auto avanzaba por el camino conocido, con ese movimiento práctico de los vehículos que no saben nada de quienes transportan. Afuera, el paisaje iba apareciendo por partes: las curvas, las lomas, la línea de edificios al fondo, la ciudad levantándose poco a poco como si nunca hubiera dejado de estar ahí.

Y esa fue, quizá, la primera crueldad.

Harish estaba igual.

No exactamente igual, porque ninguna ciudad se queda detenida del todo. Habría edificios nuevos, comercios que cambiaron de nombre, niños más altos, árboles más grandes, calles con ese desgaste mínimo que deja el uso diario. Pero en lo esencial estaba ahí, entera, reconocible, indiferente.

La ciudad no parecía haber atravesado ninguna catástrofe íntima. No tenía señales visibles de lo que se rompió en mí después de haber salido de allí. Esa era la asimetría más difícil de aceptar: la ciudad seguía siendo ciudad; el que llegaba ya no era el mismo hombre.

Volví acompañado y volví solo.

Venía con Esteban, con Xiomy, con Elishay. Y venía sin Sharon.

Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo. Ninguna corrige a la otra. Ninguna tapa a la otra. Aprendí en este viaje a no hacer esa cuenta: la presencia de los míos no se resta de la ausencia de ella. Son dos columnas distintas. Las dos estaban abiertas cuando el carro entró a Harish.

El centro verdadero de ese regreso no estuvo en las calles. Estuvo en la casa de mi hermano Armando y su familia.

Armando y Luz Marina me abrazaron como se abraza a alguien que vuelve de muy lejos. Lloramos en silencio. Yo volvía de más lejos de lo que marcaba el boleto, y quizá él lo sabía sin necesidad de que yo lo explicara. Hay hermanos que no preguntan demasiado porque la historia común ya les ha enseñado a leer ciertas ruinas.

Su casa estaba llena. Y eso, que debió ser solamente alegría, también fue una forma de golpe. Mesa, comida, voces cruzadas, hijos, sobrinos, nietos. Una de esas familias donde la vida no entra en silencio, sino en oleadas.

Sin saberlo, llegamos como portadores de una noticia… David y Yolbi van a ser abuelos. Fuimos los últimos en enterarnos y los primeros en decirlo en voz alta, sin saber que lo decíamos.

Mi hermano ya es bisabuelo; y dos bisnietos más vienen en camino.

Esas frases deberían producir solo celebración. Y la producen. Pero también traen esa sensación extraña de estar frente a un árbol familiar que siguió creciendo mientras nosotros estábamos en otra estación de la vida. Nuevas ramas. Nuevos nombres. Nuevos cuerpos pequeños llegando al mundo. Todo eso estaba allí, frente a mí, recordándome que la familia no se detuvo a esperar mi dolor.

Era la primera vez que conocían a Xiomy y a Elishay.

Xiomy llegaba no solo como la esposa de Esteban, sino como parte concreta de esta continuidad que Sharon y yo habíamos soñado, cuidado, esperado… sin saber cómo iba a tomar forma. Y Elishay llegaba como llegan los nietos: sin pedir permiso, ocupando un lugar que ya existía antes de que ellos supieran caminar.

Al principio estaba cohibido. Se le notaba en el cuerpo. Miraba, observaba, tanteaba el espacio. Demasiadas voces, demasiadas caras nuevas, demasiadas manos queriendo saludarlo. Uno olvida que para un niño pequeño la familia también puede ser una multitud.

Entonces mi hermano hizo algo simple. Le mostró unos aviones. Después, Luz Marina unos pajaritos. No hizo falta más.

Hay llaves que abren a un niño sin forzarlo. Un gesto, un objeto, una pequeña maravilla compartida. Después de eso, Elishay dejó de ser el visitante tímido y se adueñó de la reunión con esa autoridad natural que tienen los niños cuando descubren que un lugar los acepta. De pronto, todos querían jugar con él.

Y yo lo miraba. Lo miraba entrar en una familia que también era suya, aunque apenas empezara a descubrirla, mientras mi hermano, mis sobrinos, sus hijos y sus nietos le abrían espacio sin discurso, sin ceremonia, simplemente jugando.

Ahí había una forma de reparación que no quise nombrar demasiado.

No porque borrara nada.

No porque compensara nada.

Sino porque, en medio de una ciudad llena de Sharon, mi nieto estaba siendo recibido por la familia de mi hermano. Y esa escena, con toda su sencillez, también pertenecía al viaje.

Vi a los hijos de mis sobrinos convertidos en otros. Más altos… Más definidos. Con voces nuevas, con cuerpos nuevos, con esa manera casi insolente que tiene el tiempo de trabajar en silencio sobre los niños. Como si el cuerpo me corrigiera la memoria. Porque uno los guarda en una edad fija, en una imagen anterior, y cuando vuelve, la realidad los trae de regreso con otra estatura. Celebramos los trece años de Juan Diego, el hijo de Leonardo y Milena. Trece años. Una frontera. Una edad que llega sin consultar a quienes estuvieron lejos. Y su hermana mayor, ya en la universidad: la misma casa, dos hijos, dos umbrales lejanos. En la de David, lo mismo. El mayor ya independizado, viviendo con su compañera en Tel Aviv. El segundo, lo va a hacer abuelo. La niña, ya en el ejército. El último, ya adolescente.

Y esa frase —ya en el ejército, ya adolescente— me dejó una sensación difícil de nombrar. Porque ese «ya» contiene años enteros. No es solo una palabra. Es una distancia. Es la comprobación de que hubo una vida avanzando sin nosotros, que nos mandaba señales por fotos, mensajes, llamadas, pero que no era lo mismo que verla suceder delante de los ojos.

Los hijos de mi sobrina Luz Milena, por ejemplo: el mayor, dieciocho años ya. Y la menor —esa que Sharon disfrutaba, con la que hablaba y jugaba cuando era pequeña— ya es una adolescente. Ya no es la que buscaba a Sharon para jugar y conversar. Y uno entiende, en esa cuenta, que no solo perdió tiempo. También perdió presencia. Perdió pequeños cambios, sobremesas, bromas, gestos cotidianos, esa suma invisible con la que una familia se mantiene familia.

Hubo una ausencia que me pesó de manera especial: no pude ver a Nydia, la menor de los hijos de mi hermano. Ella fue de mucho apoyo en aquellos meses difíciles, cuando yo todavía no sabía bien cómo nombrar lo que estaba viviendo. Hay personas que acompañan sin hacer ruido. Y ella estuvo. Por eso me dolió no verla. No como se lamenta una visita pendiente, sino como se lamenta un abrazo que hacía falta.

A ustedes, Armando, Luz Marina, a toda la casa que se llenó esos días: gracias. No por haberme curado nada. Eso no estaba en sus manos, ni en las de nadie. Gracias por lo otro, que es más difícil y más callado: por abrir la puerta a un hombre que volvía partido y no preguntarle demasiado. Por darle mesa, ruido, niños, abrazos. Por ser refugio sin pedirle que dejara de doler.

Salí de su casa con la herida intacta. Así tenía que ser. Pero salí también sabiendo que esa herida la cargué, esos días, entre los míos. No es consuelo. Es compañía. Aprendí en este viaje que no son la misma cosa, y que la segunda no promete curar la primera.

Pero Harish no era una ciudad neutral para mí. No era un lugar al que yo pudiera entrar y salir sin consecuencias.

Cada calle tenía a Sharon.

Las caminatas matutinas con ella estaban en todas partes. En las esquinas, en las aceras, en las rutas que repetíamos casi sin pensar. La veía caminando a mi lado sin verla. Recordaba su paso, sus comentarios, sus silencios, la manera en que el día empezaba para nosotros en esa ciudad durante aquellos cuatro años. Habíamos hecho de Harish un refugio. No perfecto, no idealizado, pero nuestro.

Volver era caminar sobre una memoria demasiado despierta.

Y además estaba el balcón.

El balcón de Armando tenía una crueldad precisa: desde allí se veía nuestro apartamento. El que fue nuestro refugio durante esos años.

Yo sabía que estaba ahí incluso antes de mirarlo. Lo sabía desde antes de subir al avión. Hay dolores que viajan con uno sin ocupar espacio en la maleta. Basta llegar al lugar exacto para que se abran solos.

Esa tarde… con el café en la mano, salí al balcón y lo miré.

Una vez.
Una sola vez.

Ahí estaba: el balcón, las ventanas, el muro, la forma exacta de una vida que cerramos una madrugada de agosto creyendo que la pausa era temporal. El apartamento no sabía nada. Los apartamentos tampoco saben quién falta. Seguía ahí, intacto, disponible para la mirada, a la distancia perfecta para ser fotografiado… otra familia ocupando ese espacio.

La tentación era mirar más. Mirar otra vez las ventanas. El muro. La distancia. El balcón donde desayunábamos. La forma externa de una vida que ya no existía por dentro.

Pero mirar demasiado también puede ser una manera de lastimarse. Y yo lo sabía. Sabía que si dejaba que los ojos se quedaran más de la cuenta sobre ese apartamento, algo se me podía romper de una forma que no estaba seguro de poder sostener en medio de la familia, de la mesa, de los niños, de los abrazos.

No fui capaz de volver a detallarlo. No fui capaz de tomarle una foto.

Los momentos siguientes aprendí dónde no poner los ojos cuando pasaba cerca del balcón. Es una habilidad que nadie enseña y que el duelo perfecciona: la cartografía de lo que no se puede mirar. Uno cree que vuelve a una ciudad y en realidad vuelve a un mapa de zonas habilitadas y zonas clausuradas, y va caminando por él con un instinto que no recuerda haber entrenado.

Que nadie me pida la foto de ese apartamento. No existe. Esa es toda la explicación que tengo.

Pasar por las calles de Harish fue otra forma de entrar en esa cuenta. No quería mirar como turista. No podía. Cada lugar conocido tenía una doble capa: lo que estaba frente a mis ojos y lo que había sido. Una acera no era solo una acera. Era la acera por donde alguna vez caminamos con prisa. Una entrada no era solo una entrada. Era el sitio donde quizá cargamos bolsas, esperamos un transporte, hicimos planes que en ese momento parecían razonables porque todavía creíamos que habría tiempo suficiente para cumplirlos.

Los lugares no guardan la historia completa, pero la despiertan. Uno cree que la memoria vive en la cabeza, hasta que vuelve a una esquina y entiende que también vive en las baldosas, en el olor de una panadería, en la inclinación de una calle, en la manera en que cae la luz sobre un edificio al final de la tarde. El cuerpo reconoce antes que la mente. Algo se tensa. Algo se abre. Algo dice… aquí estuvimos.

Aquí estuvimos.
Aquí todavía éramos dos.

Y la ciudad, mientras tanto, seguía haciendo lo suyo. La gente cruzaba la calle. Alguien hablaba por teléfono. Un niño pasaba en bicicleta. Una mujer salía con bolsas del supermercado. Un perro tiraba de la correa. Nadie sabía que para mí ese lugar no era neutro. Nadie tendría por qué saberlo.

Esa es otra de las soledades del duelo: uno camina por escenarios cargados de terremotos privados, mientras los demás solo ven urbanismo.

Quizá por eso me impresionó tanto la normalidad. No la belleza. No la nostalgia. La normalidad.

La ciudad no me recibió con solemnidad. No me dijo: «Sabemos lo que perdiste». No bajó el volumen. No hizo una pausa. Harish seguía respirando a su ritmo, y yo tuve que aceptar que mi derrumbe no había sido un evento público.

Había cambiado mi mundo, no el mundo.

Y aun así, allí estaba yo. Reconociendo. Sosteniendo en silencio el peso de haber vuelto.

Quise regresar a la casa de Armando después de esa primera visita. Todavía me duele escribir que no pude. Porque uno quisiera poder con todo: con la gratitud y con la memoria, con la familia y con la ausencia, con el abrazo de los vivos y con la habitación cerrada de los muertos. Pero no siempre se puede. Hay días en que el cuerpo decide antes que la voluntad. Hay ciudades que uno ama y que, precisamente por eso, duelen demasiado.

Harish me llamaba y me hería al mismo tiempo. La casa de mi hermano era refugio. La ciudad alrededor era una herida abierta. Y yo estaba en medio de esas dos verdades, sin saber cómo honrar una sin traicionar la otra.

Pero el cierre verdadero de ese regreso no estaba en las calles. Estaba en Nahla.

Nahla es una husky siberiana. Era la mascota de Esteban; nos la dejó cuando se mudó a Chipre, y se quedó con nosotros en Harish, convertida en parte de la casa y cómplice de nuestras caminatas matutinas. Cuando salimos hacia Santo Domingo en 2023, quedó en una pensión de mascotas de la misma ciudad.

Tres años lleva allí.

Tres años es mucho tiempo para cualquiera, pero en un animal el tiempo tiene otra textura. No se organiza en calendarios ni explicaciones. No hay una narrativa que le diga: se fueron por esto, pasó aquello, la vida cambió, Sharon enfermó, Sharon murió, él vuelve ahora distinto.

Fuimos a verla. Con Esteban, con Xiomy y con Elishay.

Nos reconoció.

A Esteban y a mí nos reconoció de inmediato, con esa certeza física que no necesita confirmación: el cuerpo entero diciendo que sí, que éramos nosotros, que tres años no habían borrado nada. A Xiomy y a Elishay los olfateó con calma, registrándolos, archivándolos… los nuevos, los que llegaron después.

Y siguió buscando.

Terminó con nosotros cuatro y siguió olfateando, moviéndose, revisando. Como quien pasa lista y no le cierra la cuenta.

En nuestra casa de Harish, era Sharon quien la atendía. Quien estaba pendiente de su comida, de su agua, de sus cosas. Y cada mañana, cuando salíamos a caminar, Nahla nos acompañaba.

Éramos tres en esas caminatas. Tres, todas las mañanas, durante años.

Nahla reconoció a los dos que estábamos. Olió a los dos que no conocía. Y siguió buscando a la que no llegó.

Yo no sé qué hay dentro de la memoria de un animal. No voy a ponerle palabras a lo que no las tiene. Solo sé lo que vi: una mascota que terminó de saludarnos y no se quedó quieta.

A una mascota no se le puede explicar que alguien no va a volver.

A mí tampoco me lo han podido explicar.

Germán A. DeLaRosa · Mi diario incompleto
Autor de la trilogía CorazónValiente.

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