Volví a nuestra primera ciudad en Israel… y la ciudad no me devolvió a la persona con la que llegué a ella.

Ramla siguió sin nosotros

Volví a nuestra primera ciudad en Israel… y la ciudad no me devolvió a la persona con la que llegué a ella.

El queso ya estaba en la mesa cuando llegamos.

Esther lo había puesto en el centro, como en cada Shavuot que recuerdo. Lo miré y supe enseguida qué era. No por el plato. Por la costumbre.

Ese queso de Shavuot se vende en promoción esos días. No tiene misterio de cocina ni receta secreta que proteger. La fiesta lo trae, el mercado lo acomoda, las familias lo compran. Pero a Sharon le encantaba. No hacía falta una explicación mayor que esa… le gustaba, y ya.

Esther lo sabía.

Cada año se aseguraba de tenerlo listo antes de que llegáramos.

Esta vez el queso estaba.

Sharon no.

Esa noche éramos muchos en casa de Esther y Salomón, en Rishon LeTzion. Esther me abrazó en el umbral, como hace siempre, sin decir gran cosa, porque entre nosotros las cosas grandes casi nunca han necesitado discurso. Adentro ya estaba el ruido bueno: Noah y Aviv, con Liah; Marcela; Mandy y Mayo, con Camila, la hija menor. La casa llena, la mesa larga, ese rumor tibio de una familia que se acomoda para cenar.

Shavuot tiene lo suyo: los lácteos, la noche que no se apura, la mesa que permanece un poco más de lo necesario. Yo conozco esa mesa. La conozco desde hace muchos años.

Mandy, como siempre, soltaba una salida en el momento exacto. Un chiste, una ocurrencia, una frase dicha con esa velocidad suya que cambia el aire antes de que el silencio se haga demasiado pesado. A veces todos reíamos de verdad. A veces la risa llegaba con una demora mínima, como si primero tuviera que pasar por el lugar donde Sharon faltaba.

Yo lo miraba y entendía algo que quizá él no necesitaba explicar… también estaba cuidándonos. No con solemnidad, no con palabras grandes, sino haciendo lo que siempre ha sabido hacer en la familia: abrir una rendija para que entrara aire.

Mandy conoció a Sharon desde niño. Ella no fue para él una visita ocasional ni una figura lejana. Fue parte de su infancia, de esa familia que crece alrededor de mesas, viajes, bromas, regaños, comidas repetidas y afectos que no siempre se nombran. Por eso sus chistes no borraban la ausencia. Nadie podía borrarla. Pero por momentos la cubrían con una sábana ligera, apenas lo suficiente para que pudiéramos seguir sentados, seguir comiendo, seguir siendo familia sin rompernos del todo frente al plato.

Salomón hacía espacio, acercaba sillas, repartía. Esther entraba y salía de la cocina con esa eficiencia suya que no pide ayuda. Marcela me buscó la mirada un par de veces durante la noche. Somos hermanos; no necesitamos mucho más. Hay una manera de mirar que solo tienen los que comparten la misma sangre y, ahora, la misma falta.

Los platos iban llegando.

Hubo pescado al estilo marroquí. El olor llenó la casa antes de que el plato tocara la mesa: especias, aceite, paciencia. Ese olor que conozco de toda la vida y que, sin darme cuenta, también tenía a Sharon adentro.

Esther lo preparaba.

Sharon lo esperaba.

Y yo, durante años, me senté a comerlo sin entender del todo que estaba presenciando un acuerdo callado entre dos mujeres que se querían sin decirlo demasiado.

Esteban dijo que estaba buenísimo… Xiomy lo corroboró, era la primera vez que lo degustaba.

Y lo estaba.

Yo asentí y seguí comiendo. No dije lo único que estaba pensando: que ese plato antes tenía dos mitades —la que daba y la que esperaba— y ahora solo quedaba una.

No lo dije porque no se dice.

Porque en una mesa de fiesta uno no sienta a la ausencia a comer con todos. La deja afuera, en el pasillo, esperando. Pero uno sabe que está ahí. Sabe que, cuando se levante por agua, cuando vaya al baño, cuando la noche afloje y cada quien vuelva a su casa, esa ausencia seguirá apoyada contra la pared, tranquila, sin prisa.

El pescado llegó de una sola mano.

Nadie lo dijo.

No hacía falta.

En esta familia hay cosas que se entienden sin nombrarlas. Comimos. Estuvo rico. Y sobró.

Mandy hacía reír. Esther seguía sirviendo. Los niños corrían. La mesa cumplía su oficio antiguo de mantenernos juntos, incluso cuando todos sabíamos que había una silla invisible ocupando más espacio que cualquier cuerpo.

Esther, la que siempre daba.

Sharon, la que siempre esperaba.

Ahora una sigue dando.

La otra ya no está para esperar.

La comida sobrevive.

La espera no.

Liah y Elishay ya eran amigos. Se habían encontrado en algún momento de esos días y decidieron, con esa facilidad que solo tienen los niños, que se entendían. Hablaban entre ellos en hebreo, rápido, riéndose de cosas que solo ellos sabían. Jugaban. Se perdían por los rincones de la casa y volvían corriendo, despeinados, con esa risa que no se puede fingir.

Los miré un rato.

Nuestro nieto, riéndose en un idioma que Sharon apenas alcanzó a oír. Creciendo. Volviéndose un niño que conversa, que tiene un amigo, que entra y sale de una casa que ella no llegó a conocer de esta manera.

Yo lo veía.

Ella no.

Esa es la frase entera.

Yo lo veía y ella no.

Al día siguiente íbamos a Ramla. A otra ciudad. Un trayecto que conozco de memoria, aunque hacía años no lo recorría. No lo había pensado así hasta esa noche, en la mesa de Esther.

Mañana, Ramla.

Y la palabra sola me hizo algo en el pecho.

Ramla fue la primera ciudad. La primera de todo. Cuando llegamos a Israel en 2006, fue ahí donde aterrizó el nosotros que éramos entonces. No voy a contar aquí cómo llegamos ni por qué; eso ya lo escribí, ya tiene su lugar en otro libro. Solo digo esto: Ramla fue donde empezó la vida que elegimos. Donde dejamos de ser lo que éramos para ser otra cosa.

Juntos.

Esa palabra otra vez.

Juntos.

Me acuerdo de las primeras semanas ahí. No entendíamos casi nada. Caminábamos sin saber bien adónde, deteniéndonos en cada esquina para descifrar un letrero. Una vez nos perdimos volviendo de no sé dónde, y Sharon paró a un señor para preguntarle, mezclando las pocas palabras que teníamos con las manos y con la cara. El señor nos llevó medio camino. Cuando por fin llegamos, nos reímos como tontos de lo perdidos que habíamos estado.

Ramla era eso entonces: una ciudad que no sabíamos leer, aprendida a fuerza de caminarla los dos.

Jacky y Diego siguen viviendo en Ramla. Su hijo Miguel crece ahí. Fuimos a su casa al día siguiente. Estaba Vera, la mamá de Mandy y de Jacky. Estaban Mandy y su familia. Estaba Marcela. También Esteban, Xiomy y, claro, nuestro Elishay.

Nos recibieron con pan de bono.

Pan de bono caleño.

En Ramla.

Me reí cuando lo vi. Comida de Cali, de allá, del principio anterior al principio, servida en la ciudad donde empezó el otro comienzo, el que elegimos. Dos comienzos en una sola mesa. Y ninguno de los dos me la devuelve.

Comimos y hablamos y recordamos. Salieron historias viejas, nombres, esquinas. Diego se acordaba de cosas que yo había olvidado; yo me acordaba de cosas que él daba por perdidas. Ramla me trajo el barrio de vuelta, las calles que aprendimos a pisar cuando todo era nuevo y no sabíamos nada y había que preguntarlo todo.

En un momento salí a caminar.

Quería ver.

No buscaba nada en particular. O sí. Buscaba la ciudad que tenía guardada y quería saber si seguía ahí.

El barrio estaba y no estaba.

Las mismas calles, otra piel.

Una panadería donde yo recordaba otra cosa. Un edificio nuevo donde antes había un terreno baldío. Letreros que en 2006 no sabía leer y que ahora leo sin esfuerzo. Eso, que debería haber sido un pequeño triunfo, me pesó: aprendí a leer esta ciudad justo a tiempo para recorrerla sin ella.

Pasé por la calle de los primeros tiempos. Las cosas siguen ahí, en pie, viviendo otra vida. Hay ropa tendida en balcones que no son los nuestros, plantas en ventanas que pudieron ser nuestras ventanas. Alguien vive ahí su día, hace café, discute, ríe, se demora en salir, vuelve con bolsas del mercado. No tiene idea.

Y está bien que no tenga idea.

Una casa no es un altar.

Es una casa.

La gente vive en ella.

Vi niños jugando en un parque que rodea parte del barrio, donde solíamos caminar. Un adulto mayor solo en un banco, mirando nada. Una mujer cargando bolsas del mercado, apurada, con esa cara de quien tiene mil cosas que resolver antes de que caiga la noche.

La vida de Ramla seguía su curso, ajena, completa, sin necesitar de nosotros para nada.

Ramla siguió.

Eso fue lo que entendí caminando.

La ciudad no me esperaba. No tenía por qué. La gente vive donde nosotros empezamos. Vive bien. No sabe que aquí, hace casi veinte años, una familia con un hijo adolescente bajaron de un avión y decidieron quedarse.

La ciudad no se acuerda de nosotros.

Y está bien que no se acuerde.

Esa nunca fue su tarea.

El que se acuerda soy yo.

El que carga el nosotros soy yo. Pero no lo cargo sin Esteban. Él también pertenece a esta ausencia, aunque yo haya aprendido a llevar en silencio la parte más pesada. .

Caminé hasta cansarme y regresé a la casa de Jacky. Adentro seguían las voces, el pan de bono, los niños. Afuera, la ciudad de siempre, que ya no era la mía.

Entré.

Me senté.

Seguí comiendo pan de bono caleño en la primera ciudad israelí de mi vida, rodeado de gente que quiero, sintiendo el hueco exacto del tamaño de una persona.

Hay algo más que lamento de esos días.

No vi a Ana Lucía.

Ana Lucía es hija de mi hermana Yeisy y de Carlos. Tiene dieciocho años. Está a punto de graduarse y después entrará al ejército, como casi todos aquí a esa edad. No coincidimos. Los días no alcanzaron. Los planes, las distancias, el tiempo que uno cree tener y no tiene.

Me quedé sin verla.

Dieciocho años. La vida entera por delante. A punto de empezar lo suyo.

Y yo, en la ciudad donde empezó lo mío, sin alcanzar a ver lo que apenas empieza.

Otra cosa que no vi.

Otra cara que el viaje no me dio.

Volví de Ramla en silencio. No traje ninguna respuesta. Tampoco fui a buscarla. Fui a comer pan de bono, a abrazar a los míos, a pisar otra vez una calle vieja.

Y la calle vieja me recibió como recibe a cualquiera: sin reconocerme.

Ramla siguió sin nosotros.

Yo seguí sin ella.

La primera ciudad no me devolvió a la persona con la que llegué a ella.

Eso es todo lo que hay.

Eso es todo lo que quedó.

Germán A. DeLaRosa · Mi diario incompleto
Autor de la trilogía CorazónValiente.

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Un comentario

  1. Hermoso Charito siempre será inolvidable, siempre que paso por ese edificio lindo donde vivían ustedes me acuerdo de todo ,la vida nos deja Hellas imborrables

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