Mi diario incompleto

El hombre que estudiaba cómo cambiar

Entre lo que aprendí sobre la transformación y aquello que terminó transformándome

Germán A. DeLaRosa Mi diario incompleto

Ese hombre me caería bien… Creo que ya no podríamos conversar.

Lo veo con claridad. Está sentado frente a una mesa llena de libros subrayados. Tiene cuadernos con esquemas del cerebro, palabras encerradas en círculos, flechas que unen una idea con otra. Habla de neuroplasticidad con el entusiasmo de quien acaba de descubrir que las puertas no estaban cerradas… La mente puede reorganizarse, las conexiones pueden modificarse, los hábitos pueden desmontarse. Mucho menos estaba decidido de antemano de lo que durante siglos habíamos creído.

Ese era su credo, y lo sostenía con estudio, no con ingenuidad.

Ese hombre era yo.

Durante años, mucho antes de escribir sobre la muerte, investigué cómo cambia una mente. Leía sobre el cerebro como quien estudia los mapas de un territorio que algún día piensa visitar. Me interesaba comprender de qué manera una experiencia repetida puede fortalecer un camino neuronal; cómo una conducta, sostenida durante suficiente tiempo, puede convertirse en hábito; cómo la atención modifica aquello que percibimos y cómo nuestras elecciones intervienen, aunque sea parcialmente, en la persona que llegamos a ser.

Todo lo pensaba posible.

Si la mente podía transformarse, entonces la adversidad tenía salida, el dolor tenía forma y el sufrimiento poseía cierta arquitectura. Había causas que podían identificarse, patrones que podían interrumpirse, respuestas que podían aprenderse.

Había método. Había dirección. Había, sobre todo, una sensación de control.

No me burlo de aquel hombre.

Sería fácil hacerlo desde aquí. También sería injusto.

No era superficial. Estudiaba en serio, pensaba en serio, quería comprender en serio. No buscaba fórmulas rápidas ni frases luminosas para decorar el sufrimiento. Sabía que cambiar era difícil. Sabía que la voluntad no bastaba y que una vida no se reorganiza mediante consignas. Conocía la resistencia de los hábitos, la fuerza de las experiencias tempranas y la manera en que repetimos caminos incluso cuando sabemos que nos hacen daño.

Su error no estaba en los libros.

Su error —si puede llamarse error— estaba en algo que ningún libro podía mostrarle:

Estaba ileso.

Estudiar el cambio es tenerlo del lado seguro de la página. Uno puede subrayar «el cerebro se adapta a la pérdida» con la misma mano tranquila con la que subraya cualquier otra frase. La palabra pérdida cabe en una línea. Se deja anotar. Se deja comparar. Puede convertirse en una categoría, en una etapa, en un proceso que alguien observa desde fuera.

Pensarla produce una sensación extraña de dominio, como si comprender un incendio fuera una forma de ser incombustible.

Yo vivía dentro de esa sensación.

No lo sabía, pero vivía ahí.

Después murió Sharon.

Y aquí debo ser preciso, porque la imprecisión sería una traición.

Mis teorías no fueron refutadas. Nadie las discutió. No hubo un momento de crisis intelectual ni un debate interno en el que la experiencia venciera al conocimiento con mejores argumentos. No ocurrió nada tan ordenado. Cuando necesité aquellas teorías, simplemente no alcanzaron a sostenerme.

Seguían siendo ciertas, pero permanecían al otro lado de la página.

Yo sabía que el cerebro podía adaptarse. Sabía que una pérdida profunda altera nuestra percepción del mundo, modifica nuestras respuestas y obliga a la mente a reorganizarse alrededor de una ausencia. Podía reconocer los conceptos. Incluso habría podido explicarlos.

Pero una explicación no sostiene necesariamente el cuerpo que recibe la noticia. No ocupa la silla vacía. No responde cuando la persona con quien construiste una vida deja de estar. No le enseña al tiempo qué debe hacer con las horas que antes tenían un nombre compartido.

El conocimiento seguía allí.

El que ya no estaba en el mismo lugar era yo.

—No es lo mismo pensar una experiencia que vivir esa experiencia.

Lo escribo y sé que parece obvio. Casi todo lo verdadero parece obvio hasta que nos toca. Pensar una experiencia es tenerla enfrente: se puede rodear, medir, comparar, archivar. Vivirla es tenerla adentro. O quizá sea peor… es estar adentro de ella, sin bordes visibles, sin la mesa de estudio, sin la mano tranquila que subraya y escribe una observación al margen.

Pensar la pérdida era un capítulo.

Vivirla es la casa entera.

Pensar el cambio era una promesa.

Vivirlo fue una intemperie.

El hombre que estudiaba cómo cambiar creía que el cambio se elegía. Uno identificaba aquello que deseaba transformar, diseñaba el proceso, repetía nuevas conductas y observaba el progreso. Tal vez no lo pensaba de una manera tan simple, pero en el fondo permanecía esa confianza: la transformación podía ser orientada.

La pérdida cambió mi mente sin pedirme permiso.

No me consultó el método. No respetó el diseño. No esperó a que yo estuviera preparado. Cambió lo que quiso, cuando quiso y a la profundidad que quiso. Alteró mi manera de mirar el tiempo, de comprender la enfermedad, de relacionarme con la muerte y de escuchar el dolor de los demás.

Yo solo pude constatarlo mucho después, como quien regresa a su calle después de un temblor y comienza a reconocer lo que permanece en pie.

Hubo cosas que sobrevivieron. Otras perdieron sentido. Algunas que yo consideraba fundamentales se volvieron pequeñas. Otras, que apenas veía, adquirieron un peso que nunca habían tenido. No fue una transformación diseñada. Tampoco fue una evolución ascendente. Fue una reorganización alrededor de algo que no podía ser reparado.

Eso también importa decirlo.

En aquella época yo llamaba Evolución Personal a ese proceso. No como una consigna ligera, sino como la posibilidad de intervenir conscientemente en lo que éramos: reconocer hábitos, modificar respuestas, ampliar nuestra manera de vivir. Pero incluso dentro de esa mirada persistía una dirección: cambiar significaba avanzar, crecer, convertirnos en una versión más consciente de nosotros mismos.

Hoy sé que no toda transformación conduce hacia arriba. Algunos cambios no son progreso, crecimiento ni superación. Simplemente ocurren. Pueden volvernos más conscientes y, al mismo tiempo, más vulnerables. Nos permiten ver cosas que antes ignorábamos, aunque hubiéramos preferido no tener que aprenderlas de esa manera.

La experiencia no me ascendió.

No sé más que aquel hombre… sé distinto, que no es lo mismo.

Él tenía teorías intactas y una vida intacta. Yo conservo parte de sus conocimientos, pero vivo con una ausencia que no se negocia. Si alguien encuentra aquí una jerarquía —el hombre que vivió por encima del hombre que estudió—, la está leyendo mal.

No hay un podio.

Hay dos hombres separados por algo que ninguno de los dos eligió.

A veces me pregunto qué le diría si pudiera sentarme frente a él, al otro lado de aquella mesa. Podría advertirle que llegará un día en que sus conceptos dejarán de protegerlo. Podría decirle que la vida no siempre solicita permiso antes de desmontar las estructuras que creíamos firmes. Podría pedirle que cierre los libros por un momento y mire con mayor atención a la mujer que tiene cerca, como si saber que algo terminará pudiera enseñarnos a vivirlo mejor.

Pero no le diría nada de eso.

La advertencia no habría servido.

Saber que vamos a perder a alguien no nos concede la capacidad de imaginar su ausencia. La muerte futura puede ser una certeza intelectual y seguir siendo una imposibilidad emocional. Podemos hablar de finitud, comprenderla, aceptarla como principio y, aun así, quedar sin lenguaje cuando adquiere un nombre propio.

Tampoco le corregiría los libros.

Los libros no estaban equivocados; estaban limitados, que es otra cosa.

Describían mentes que cambian, circuitos que se reorganizan, hábitos que construyen nuevas respuestas. No podían describir la mía perdiéndote… Sharon, porque esa experiencia no cabía en sus gráficos. No porque fuera científicamente inexplicable, sino porque ninguna explicación podría contener lo que significabas dentro de mi vida.

Una cosa es saber qué ocurre en el cerebro durante el duelo.

Otra es descubrir qué ocurre en la cocina, en la cama, en una fecha, en una canción, en la pausa que aparece antes de pronunciar un nombre. La ciencia puede explicar ciertos mecanismos. No tiene por qué explicar el significado. Son territorios diferentes, aunque a veces se encuentren.

No le pediría a aquel hombre que dejara de estudiar.

Que estudie. Que subraye. Que siga llenando cuadernos. Que crea, mientras pueda, que todo es posible. Aquella creencia quizá no lo preparó para lo que vendría, pero tampoco era esa su función. Su función era sostenerlo en la vida que tenía, y durante mucho tiempo lo sostuvo.

Cada uno se sostiene con lo que tiene hasta el día en que lo que tiene ya no alcanza.

Hay algo que sí conservo de él, y no es una teoría.

Es un gesto… La atención.

Aquel hombre miraba la mente con atención de estudioso. Quería comprender sus movimientos, sus resistencias, sus posibilidades. Se detenía ante una idea, la examinaba, la relacionaba con otra y regresaba a ella cuando descubría que todavía quedaba algo por entender.

Yo miro la ausencia con esa misma atención.

La diferencia es que ya no espero dominar lo que observo. Tampoco busco convertir cada hallazgo en una respuesta. Hay experiencias que se empobrecen cuando intentamos explicarlas por completo. La pérdida no siempre pide ser comprendida. A veces solo pide que no apartemos la mirada.

Él observaba para comprender.

Yo observo porque comprender dejó de ser el punto.

La atención permaneció, aunque ya no sirviera para lo mismo. Pasó de un hombre al otro sin salir intacta, pero siguió siendo reconocible. Quizá por eso escribo. No para demostrar lo que sé ni para ordenar el dolor ajeno. Escribo como una forma de permanecer frente a aquello que, durante mucho tiempo, nuestra cultura nos enseñó a esquivar.

Alguien podría decirme que todo esto también es neuroplasticidad. Que mi cerebro se reorganizó alrededor de la pérdida y que, por lo tanto, aquellas teorías tenían razón.

Puede ser.

No voy a discutir con la ciencia; no es mi pleito. Tampoco necesito negarla para reconocer sus límites. Solo digo que existe una distancia inmensa entre leer que el cerebro se reorganiza y despertar un día siendo la reorganización.

La palabra escrita y la vida vivida pueden coincidir en el contenido y no parecerse en nada.

Esa distancia es desde donde escribo hoy.

No desde el saber, aunque todavía valore lo aprendido. Desde la experiencia. No como autoridad, sino como procedencia: este es el lugar del que vienen ahora mis palabras.

Antes escribía hacia las experiencias, protegido por la distancia de los conceptos. Ahora escribo desde dentro de una. No es una forma superior de escribir. Es, simplemente, el lugar que me tocó.

El hombre que estudiaba cómo cambiar sigue en alguna parte de mí.

Cubierto, no borrado.

De vez en cuando reconozco su letra en mis antiguos subrayados y siento algo parecido a la ternura. No por su ignorancia, porque no era ignorante. Tampoco por su inocencia, porque ya había vivido lo suficiente para saber que la vida podía herir.

Siento ternura por su confianza.

Él pensaba que el cambio era un camino que se elegía.

Yo aprendí —no como lección, sino como hecho— que a veces el cambio es un clima que nos cae encima.

Él estudiaba la transformación.

A mí me transformó lo que perdí.

Entre esas dos frases cabe la vida que nos separa.

Germán A. DeLaRosa Mi diario incompleto

Autor de la trilogía CorazónValiente

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